Estados
Unidos sí, pero no
Por Ariel Terrero
El fin del bloqueo económico
le abrirá a Cuba una puerta
al desarrollo. ¿Con quién?
[23.04.2016]-
Actualización 8:40 am de Cuba
Los
primeros acuerdos, las
sonrisas públicas y las
visitas pudiesen alentar una
lectura imprecisa: Estados
Unidos se acerca a la
economía de Cuba después de
un distanciamiento que ha
durado más de medio siglo.
Pero la potencia mundial
nunca ha estado alejada de
nuestras cuentas. Tampoco su
comercio y sus inversiones
serán ahora la tabla de
salvación de la economía
cubana, como cavilan
algunos, demasiado
deslumbrados quizás ante la
perspectiva de paz.
La
proximidad ha sido
constante, intensa, aunque
obviamente no en armonía
mercantil. Mediante leyes y
la inquisición de la OFAC
(Oficina para el Control de
Activos Extranjeros), el
gobierno estadounidense ha
rastreado cada operación
comercial y financiera
cubana con otro país. Muchas
veces ha logrado su
propósito: abortarla.
Durante
décadas, el estrecho cerco
económico ha distanciado a
los bancos de terceros
países, ha encarecido
importaciones, ha trabado
exportaciones, ha impedido
la compra de tecnología
avanzada y ha espantado las
inversiones extranjeras. El
drama cotidiano del bloqueo
económico ha costado cientos
de miles de millones de
dólares, según estimados
cubanos.
La
normalización de relaciones
bilaterales pondría a Cuba
ahora en una situación casi
inédita, ventajosa: por
primera vez en casi 120 años
podríamos diseñar y
construir nuestro destino
sin la sombra del país que
se considera a sí mismo
principal autoridad de la
Tierra.
Pero el
beneficio inmediato –y más
saludable, en mi opinión-
vendría desde otros países y
bloques regionales. Los
primeros síntomas y
oportunidades se aprecian
con la explosión de
delegaciones empresariales y
gubernamentales que llegan a
la mayor de las Antillas
desde Europa, Asia y el
Medio Oriente. No esperaron
mucho después del 17 de
diciembre de 2014. Quieren
tomarle la delantera a la
competencia norteamericana.
Le temen, pese a las
advertencias del gobierno
cubano.
“No
queremos depender de un solo
mercado y esto es una
política fundamental del
programa de actualización
económica que impulsa el
Estado”, reiteró hace unos
pocos meses ante empresarios
extranjeros el ministro de
Comercio Exterior, Rodrigo
Malmierca.
Es un
problema de sentido común.
Los Estados Unidos no pueden
convertirse en la
alternativa, la única, la
imprescindible. En buena
ley, no es necesario ni
conveniente asumirlos así.
Sería tropezar por cuarta o
quinta vez en la historia
con la misma piedra de la
monodependencia comercial
externa. Primero de España.
Luego, de los propios EEUU.
Le siguió la Unión
Soviética.
Independientemente de
objetivos, modos y
beneficios, distintos en
cada caso, el daño se hizo
visible siempre en los
momentos de crisis o
ruptura. La concentración es
menor hoy, pero todavía un
grupo reducido de países,
encabezados por Venezuela y
China, absorben el grueso
del flujo comercial externo
cubano.
La
diversidad de nexos
comerciales externos ha
estado más presente en la
letra que en la práctica de
la estrategia económica
cubana. ¿Por qué ha sido tan
huidizo ese propósito?
El
bloqueo económico ha cerrado
caminos comerciales y
financieros con el mundo,
pero no es la única causa de
un mal hábito con raíces
anteriores en la historia.
La diversidad también la
frenan el exceso de
centralización, la falta de
motivación y preparación de
las empresas cubanas para
lidiar en mercados externos,
el acomodamiento comercial,
y la interferencia de pactos
políticos, entre otros
factores.
Sería un
disparate, además, la
apertura ingenua de una
economía pequeña a un
gobierno y país que no han
cedido en su psicología de
metrópoli mundial, como
mostró el discurso simpático
de Obama en el Gran Teatro
de La Habana. Entre citas
martianas, frases en
español, calculadas lisonjas
al público y la promesa de
no volver a pisar el callo
que más duele a la identidad
de sus anfitriones –“el
futuro de Cuba tiene que
estar en las manos del
pueblo cubano”-, al
visitante se le escapó
alguna pifia, si es que no
lo hizo con la intención de
reiterar la idea muy yanqui
de que el mundo depende de
EEUU; y Cuba, lo quiera o
no, se encuentra en el
mundo. La típica prepotencia
estadounidense afloró cuando
Obama dijo, en pose humilde,
como él, mestizo, pudo
“aspirar al más alto cargo
de la Tierra y ganarlo”. Son
sus palabras.
¿Sorprende acaso que el
Presidente de EEUU se vea a
sí mismo como al gobernante
de más autoridad en el
planeta? Es la ideología que
ampara a los norteamericanos
cuando meten las narices o
las armas en cualquier país,
con invitación o sin ella.
A pesar
de los peligros, más torpe
sería cerrarles las puertas,
si aceptan una relación
bilateral con respeto mutuo.
Es una de las mayores
economías del mundo, centro
de referencia obligado de
los movimientos de
capitales, las inversiones,
el desarrollo tecnológico y
la dinámica de mercados
globales, y cercano, además
geográficamente.
El
intercambio conviene en
áreas como la agricultura,
la producción de
medicamentos, las
comunicaciones y la
informática, el transporte y
el turismo, entre otras. A
esa mesa, Cuba acude no solo
como comprador o exportador
de tabaco y ron. Tiene
ofertas de avanzada también:
la biotecnología y
potencialmente la
informática.
Pero la
recuperación de una
convivencia civilizada no
implica la apertura mansa,
descontrolada, forzosa
–neoliberal, en una
palabra-, de la economía
cubana a las compañías, las
inversiones y el comercio de
EEUU, como temen amigos
latinoamericanos con los que
he hablado. También lo
creen, y lo manifiestan ya,
algunas de las pudientes
empresas estadounidenses que
se oponen al bloqueo.
Con
pragmatismo similar al
indicado por la escuela
gerencial norteamericana,
habrá que administrar con
sabiduría, desde Cuba más
que desde EEUU, la entrada
de esas compañías. De lo
contrario, corremos el
riesgo de quedar atados una
vez más a una economía más
poderosa que la cubana o a
empresas que tienen como
objetivo sagrado su propia
ganancia financiera y no la
cooperación altruista. ¿Qué
país en América Latina, o en
el mundo, ha hallado la ruta
del desarrollo mediante la
libre apertura al capital
extranjero, estadounidense
por más señas?
Cuando
Estados Unidos admita en sus
leyes –no solo con embajadas
y visitas- el fin del
bloqueo, se abrirá una
puerta al desarrollo. Pero
los beneficios económicos no
dependen de un supuesto
paraíso de inversiones e
importaciones Made in USA.
Hora va
siendo de hacer ley las
palabras de un hombre que
reflexionó temprano en todos
los ángulos y riesgos
posibles para la
independencia nacional. “El
pueblo que compra, manda. El
pueblo que vende, sirve. Hay
que equilibrar el comercio,
para asegurar la libertad”,
dijo José Martí en 1891. Y
remató ese día, en la
Conferencia Monetaria de las
Repúblicas Americanas: “El
pueblo que quiere morir,
vende a un solo pueblo y el
que quiere salvarse, vende a
más de uno. El influjo
excesivo de un país en el
comercio de otro, se
convierte en influjo
político (…) El pueblo que
quiera ser libre, sea libre
en negocios. Distribuya sus
negocios entre países
igualmente fuertes. Si ha de
preferir alguno, prefiera al
que lo necesita menos, al
que le desdeñe menos.”
Los
avances se verán a medida
que Cuba establezca,
despliegue y sepa aprovechar
las relaciones con múltiples
focos y actores de la
economía mundial, libres por
una vez de acosos y multas
yanquis. La renegociación de
la deuda cubana con el Club
de París, aceptada
raudamente después del 17 de
diciembre por ese pináculo
de la usura primermundista,
revela el giro de la
disposición europea. Queda a
Cuba aprovechar la
oportunidad con
administración eficiente de
su economía.
Los
Estados Unidos serían apenas
un país más en el abanico de
relaciones externas.
Importante, sin dudas, pero
un país más. Con mejor tino
unos que otros, llegarán
inversionistas, compañías,
bancos, cadenas hoteleras y
turistas gringos, y Cuba
decidirá con prudencia a
cuál deja compartir la
escena con empresas cubanas
y de otros lares. Y quizás
vuelva otro presidente de
EEUU a La Habana, para
llevarse de recuerdo, como
Barack Obama, una foto de
sus andanzas por la Plaza de
la Revolución bajo el mural
gigante de un gigante que
dejó registrada para siempre
la advertencia: “No se puede
confiar en el imperialismo
pero ni tantito así, nada”.
Tomado de
Cubadebate