El modelo
de malestar de la economía
chilena
Por
Lucía
Converti - CELAG
[08.09.2016]-
Actualización 11:00 pm de Cuba
Desde el
derrocamiento golpista del
gobierno socialista de
Salvador Allende en
septiembre de 1973 se
instaló en Chile, de la mano
del dictador Augusto
Pinochet, el modelo
económico neoliberal.
Este
modelo no solo reconfiguró
el mercado local de bienes y
servicios y la estructura
económico financiera, sino
que además transformó la
idea de bienestar social. Se
pasó de un país que
pretendía la igualdad de
oportunidades entre sus
ciudadanos, a un país en que
la salud, la educación y el
sistema jubilatorio, en
distintas medidas, pasó a
ser parte del mundo de los
negocios y a considerarse
una mercancía.
Se
instaló la idea de que el
sector privado es mejor
administrador, más eficiente
y con la clara convicción de
que hay que recortar los
gastos estatales, pasando
los servicios sociales a ser
servicios individuales y que
cada familia sustenta lo
mejor posible según sus
ingresos.
El modelo
neoliberal fijó como clave
del éxito la apertura total
del mercado, tanto de bienes
como de productos
financieros, una tasa de
inflación baja, un tipo de
cambio estable, cuentas,
tanto internas como
externas, equilibradas para
lo cual se requiere de un
bajo gasto público y una
tasa de interés atrayente
para los capitales
extranjeros. Todo esto para
que la economía crezca a
partir de la inversión y que
el consumo se contenga para
no generar inflación.
Así,
desde 1974, la economía
Chilena ha crecido al ritmo
de los vaivenes de la
economía mundial. Los
tratados de libre comercio a
los que ha adherido este
país orientaron sus
exportaciones básicamente al
cobre y sus derivados, y las
importaciones desplazaron
productos básicos de
producción nacional
aumentando la dependencia
importadora. Aun así las
importaciones de bienes
resultan menores que las
exportaciones. Sin embargo,
la importación de servicios,
la fuga de capitales por
giro de utilidades y
dividendos, el pago de
intereses por inversiones
financieras y de deuda
externa, hacen que la cuenta
corriente sea negativa. Como
todos los países con
economías abiertas, Chile
normaliza su balanza de
pagos vía inversiones
extranjeras, tanto directas
como financieras.
Tal como
se mencionaba anteriormente,
el gasto público en Chile es
bajo, representando un 13,4%
[1] del PBI en 2015. La
inflación ronda el 4% [2]
anual y la variación del
tipo de cambio un 10,3% [3]
anual. Pero, llamativamente
y contradiciendo las leyes
del modelo, la economía
chilena está tirada por el
consumo privado. La
inversión no se destaca como
motor de la economía, más
allá de ser la fuente más
importante de entrada de
divisas, ya que representa
el 22% [4] del PBI,
porcentaje similar al de
otros países de la región.
Otra “sorpresa” con la que
nos podemos encontrar
analizando la economía
Chilena, es la alta
calificación crediticia la
inmensa deuda externa de
este país. En 2015 la misma
alcanzó el 54,3% [5] del
PBI, sin embargo esto no
parece hacer mella en la
credibilidad del país como
si ocurre en otros países de
la región que no comparten
el modelo económico.
Más allá
de estas curiosidades que
plantea la economía chilena
en el marco del modelo
económico, los indicadores
sociales de Chile son en su
mayor parte alentadores.
Cuenta con una desocupación
del 6% [6] , pobreza del
7,8% [7] e indigencia de
2,5% [8] . Sin embargo, la
concentración del ingreso es
una de las más altas de
Latinoamérica. Todos estos
indicadores como
mencionábamos previamente
mantienen una alta
dependencia del desarrollo
del mercado Chileno ya que
las necesidades básicas no
están a cargo del Estado
sino de los ingresos de cada
familia.
En este
marco, es interesante
analizar que pese a la
bonanza que reflejan los
números de la economía de
este país, las protestas más
importantes se basan en una
fuerte críticas al sistema
de bienestar social (más
bien ausencia del mismo)
impuesto por el modelo
económico.
En primer
lugar, y por una importante
cantidad de años, los
estudiantes universitarios
ocuparon la calle reclamando
que la educación sea
considerada como un derecho
y no que se lucre con ella.
Miles de familias y
estudiantes tenían que
endeudarse casi para toda la
vida para poder acceder a
este nivel de educación. No
existían espacios donde las
madres puedan dejar a sus
hijos mientras ellas
estudiaran, tampoco existen
comedores estudiantiles y un
sinfín de condiciones que
restringían el acceso a la
universidad. Durante años,
estas manifestaciones fueron
reprimidas por los gobiernos
de turno.
Una vez
que se logró instalar el
tema en la agenda
presidencial de 2014 y que
la actual presidenta
presentó en su plataforma
electoral una reforma
educativa, el pueblo chileno
vuelve a ocupar las calles
masivamente reclamando por
un sistema estatal de
pensiones.
El
sistema de pensiones en
Chile es privado para todos
menos para los altos
funcionarios y los
militares. Las jubilaciones
son muy bajas, sobre todo si
se la compara con los altos
funcionarios y los militares
y el sistema se encuentra
fuertemente deslegitimado en
la sociedad por corrupción.
La presidenta Michelle
Bachelet, ante los reclamos,
mencionó la posibilidad de
ampliar la tasa de aporte de
10% a 15% sobre el salario y
que la diferencia sería
aporte patronal.
Es
interesante mencionar que,
como mencionó el Jefe de de
Pensiones y Envejecimiento
de la Población de la OCDE
en una nota en “La Tercera”
en su versión digital “al
compararlo
internacionalmente, la
porción del empleador es muy
baja o incluso nula”. Sin
embargo, al preguntarle como
repercutiría el aumento en
la tasa a largo plazo,
contestó “si tienes un
mercado laboral
completamente flexible, el
efecto a largo plazo es que
los salarios netos caen. Si
el mercado laboral no es
flexible, los salarios netos
no caen completamente, pero
pierdes mucho empleo”.
Esta
última reflexión no hace más
que demostrar el
funcionamiento y el
pensamiento en una economía
en donde el mercado regula
hasta el malestar social.
Lucía
Converti, investigadora de
la Unidad de Debates
Económicos de CELAG
Tomado de
Rebelión