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LA SEGUNDA VUELTA DE ECUADOR
¿Pueden suicidarse los pueblos?
Por Atilio A. Boron -Rebelión

[03.04.2017]- Actualización  7:30 pm de Cuba

En 1984 Bárbara W. Tuchman publicó un libro apasionante. Su título: La
marcha de la locura. La sinrazón desde Troya hasta Vietnam. En él la
autora pasa revista a una serie de situaciones que tienen un común
denominador: gobiernos y pueblos actuando en contra de sus propios
intereses.

No pude dejar de pensar que la disyuntiva que se abre en el Ecuador el
próximo domingo podría, según fuese el resultado de la elección
presidencial, aportar un nuevo y triste ejemplo de esta serie de
desatinos que causaron indecibles sufrimientos a sus protagonistas.
Porque, al escuchar a encumbrados dirigentes de diversos movimientos
sociales y autoproclamadas fuerzas de izquierda decir una y otra vez
que preferían un banquero neoliberal a un dictador recordé
inmediatamente el libro de Tuchman y sus valiosas enseñanzas. Que
organizaciones supuestamente representativas de los intereses
populares enuncien tesis políticas como esa y que se acuse al
presidente Rafael Correa de dictador, de corrupto, de demagogo, ¡de
neoliberal!, cosa que sus críticos hacen con total impunidad a través
de la vasta red de medios de comunicación que controla la derecha no
puede sino evidenciar la ominosa presencia de un “sentido común”
completamente extraviado por el odio y el fanatismo, de una ceguera
histórica que puede conducir a un pueblo a su suicidio. Porque basta
con un pequeño soplo de sobriedad para caer en la cuenta del absurdo
que encierra aquella tesis.

Por más desaciertos que puedan atribuírsele al gobierno del presidente
Correa y por más escozor que provoque su irascible personalidad, los
aciertos de su gestión superan ampliamente sus errores, sus equívocos
y hasta sus desplantes. Y si ese hálito de sobriedad no está presente
los críticos del correísmo deberían mirar a su alrededor y tomar nota
del holocausto que los amigos y cofrades de Guillermo Lasso están
haciendo en Argentina y Brasil, países cuyos gobiernos están llevando
a la práctica una lúgubre eutanasia de los pobres, de los ancianos y
de los niños, despojando a sus pueblos de derechos conquistados
mediante arduas luchas a lo largo de varias décadas. Todo eso fue
barrido por un vendaval político, si bien apelando a distintos
instrumentos.

En el caso argentino, apelando a un “empresario exitoso” que hizo una
campaña demagógica prometiendo conservar los avances registrados en la década kirchnerista. Bastó con que Mauricio Macri pusiera un pie en la
Casa Rosada para que comenzara a demoler, sistemáticamente, las
conquistas sociales de la década anterior y promover un ajuste salvaje
que en menos de un año acrecentó en un millón y medio el número de
pobres en la Argentina. La derecha miente, se viste con piel de
cordero pero es un lobo feroz que actúa con mucha astucia: primero
engaña, con cantos de sirena como los que hoy entona Lasso en el
Ecuador. Pero una vez en el gobierno arrojan por la borda todas sus
promesas y, fieles a sus intereses de clase, proceden metódicamente a
subyugar a los pueblos y a favorecer descaradamente a las grandes
fortunas, dando origen a una regresión social que, a partir de un
enjundioso análisis del caso español Arantxa Tirado Sánchez y Ricardo
Romero Laullén, no han titubeado en caracterizar como una
“neoesclavitud” en un libro de reciente aparición. Y lo mismo vale
decir del gobierno de Michel Temer en Brasil, causante de una
restauración oligárquica que en algunos aspectos hace retroceder a ese
país medio siglo.

Desgraciadamente los pueblos, y los gobiernos pueden suicidarse, y hay
sectores en la sociedad ecuatoriana que, enceguecidos por sus
pasiones, parecen dispuestos a hacerlo, sumiendo al país en una
catástrofe que demoraría décadas en ser reparada. Que esto no suceda
dependerá de la sensatez con la cual el pueblo ecuatoriano se maneje,
de su capacidad para reflexionar, discernir y anticipar las
consecuencias de sus actos. De la consciencia que tengan de lo fácil y
rápido que es desandar el camino y revertir los logros, pocos o
muchos, conseguidos en la década correísta. Y de percibir con nitidez
que un banquero, por más que se disfrace de demócrata y que pronuncie
frases bonitas, siempre será el fiel ejecutor de la lógica despótica
del capital. Y en esa lógica, las clases populares están
irremisiblemente condenadas. Serán llevadas al cadalso por un verdugo
que, obedeciendo a las reglas del “coaching” político, se presentará
como un personaje bonachón y sonriente pero que, llegado el momento,
no vacilará un segundo en ejecutar sin piedad a quienes confiaron en
sus promesas. Si tal cosa ocurriera tarde aprenderían la diferencia
existente entre un banquero neoliberal y un “dictador” como Rafael
Correa. Ojalá que el noble pueblo ecuatoriano sea librado de tan
infausto destino.

Rebelión ha publicado este artículo con el permiso del autor mediante
una licencia de Creative Commons, respetando su libertad para
publicarlo en otras fuentes

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