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De la planificación y otros apuros
Por Ariel Terrero
Un largo expediente de incongruencias, papeleo, reservas ociosas y otros enredos acumula la planificación centralizada en Cuba

[06.05.2017]- Actualización  11:00 am de Cuba

Un largo expediente de incongruencias, papeleo, reservas ociosas y otros enredos acumula la planificación centralizada en Cuba. Las demoras para recibir los recursos programados hacen peligrar luego, muchas veces, la producción planeada y agudizan la desconfianza en este método de dirección.

La confección de los planes económicos adquiere más sabor a fastidio burocrático que a ejercicio de creatividad. El «corta y pega» de datos de un año a otro suele sustituir al estudio de mercado, oportunidades, inversiones, riesgos y beneficios, nuevas metas y la calibración de los recursos necesarios. En una suerte de pugna tácita, los de abajo reportan capacidades productivas inferiores a las reales y necesidades sobredimensionadas, convencidos de que los de arriba les aprobarán recursos en montos menores a lo solicitado y les exigirán resultados más altos. La vida es más compleja.

Sello de la economía socialista, la planificación constituye paradójicamente la gran deuda del socialismo y su garantía mayor.

Sin la planificación centralizada, Cu­ba no hubiera podido acometer, a partir de los años 60, transformaciones radicales de la economía y la sociedad, ni hubiera sobrevivido cuando quedó a solas en los 90, al desaparecer la Unión Soviética. La administración central de los menguados recursos disponibles permitió resistir la tormenta del Periodo Especial y desarrollar, en medio de esa agónica coyuntura, la biotecnología, la industria farmacéutica y la medicina, puntales hoy de las ciencias y los ingresos cubanos en moneda dura.

Pero, así como desató nudos del desarrollo de largo plazo, la planificación centralizada fracasó al intentar trazar, en el mismo mapa, los planes anuales —de corto plazo— del país, de los territorios y de cada unidad económica, cafetería y timbiriche de barrio.

Para reordenar ese sistema, y eliminar métodos burocráticos que frenan la gestión empresarial y gubernamental, el país transita hacia un modelo que se aferra a la planificación socialista como vía principal de dirección de la economía y defiende la centralización de estrategias, aunque rompe con la práctica histórica, al entregar gradualmente mayor autonomía a las empresas y los territorios.

Otro argumento se suma a favor de esa transformación. En la Cuba de hoy asoman zarzas que hacen peligrar y, a la vez, tornan más imperiosa la reforma de la planificación y su regulación. Desde la resistencia pasiva al cambio, que se deriva del hábito de administrar a la espera de una decisión superior, hasta la presencia del polémico mercado en un contexto monetario que ofrece más ventajas a las formas no estatales.

La descentralización y el mercado avanzan también por la entrada en escena de nuevos actores de naturaleza muy heterogénea: cooperativas, empresas privadas, cuentapropistas, compañías extranjeras y mixtas, y trabajadores asalariados en ámbitos no estatales, que conviven con las tradicionales formas estatales y los clásicos consumidores. Si alguna vez estuvieron bloqueadas, las relaciones mercantiles y contractuales del sector cooperativo y privado con las empresas, bancos, organismos gubernamentales y otras instituciones del Estado ahora tienden a destrabarse y regularizarse.

Las relaciones mercantiles ganan protagonismo. Es una realidad que exige, a mi juicio, de una administración central más diestra y firme que nunca, no solo para exorcizar la rectoría del mercado, sino para garantizar una planificación, con regulaciones y políticas económicas, que atajen el daño causado por desequilibrios estructurales como la dualidad monetaria y cambiaria.

La eficacia de la planificación queda en entredicho cuando las empresas y unidades presupuestadas se ven obligadas a concebir planes prácticamente en tres monedas simultáneas: pesos cubanos (CUP), pesos convertibles (CUC) y ahora los certificados de liquidez, los ya populares CL, último recurso del Banco Central para distinguir los fondos con respaldo financiero real. La información necesaria para planificar, ejecutar y controlar aparece envuelta en una nebulosa de difícil lectura hasta para un Premio Nobel de Economía.

Igual distorsión padecen los intentos de regular la actividad no estatal, aun mediante impuestos y otros mecanismos indirectos, más avanzados que el desgastado ordeno y mando de la administración centralizada tradicional. El Estado no puede hacer mucho cuando las entidades estatales y no estatales operan internamente con tasas de cambio casi opuestas. De la diferencia entre la tasa de Cadeca, la tasa oficial y alguna otra intermedia, emergen precios, ganancias y negocios que colocan en franca desventaja al sector empresarial y laboral que carga con el peso mayor y fundamental de la economía, una contradicción que pone en riesgo hasta los planes de crecimiento económico del país y amenaza con perpetuar males como la inversión de la pirámide social.

Los tropiezos y resistencias, inevitables a medida que se profundizan los cambios, se sortean o aminoran si cada paso cuenta con condiciones propicias. El desafío, aún en deuda, es que el propio proceso de transformaciones consiga crearlas.

Tomado de Economía con tinta, periódico Granma

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