La democracia en Estados
Unidos
Por Atilio Borón
[13.07.2019]-
Actualización 9:30 pm de Cuba
Un nuevo aniversario de
la independencia de
Estados Unidos
constituye una ocasión
propicia para someter a
consideración la imagen
que las clases
dominantes de ese país
ofrecen al mundo.
Gracias a una intensa y
sostenida campaña
propagandística aparece
como la tierra de la
libertad y la
democracia. Es más, como
un país al cual Dios le
habría encomendado la
misión de recorrer el
mundo sembrando
libertad, justicia,
derechos humanos y
democracia por doquier.
Esta visión mesiánica,
autoproclamada, es tan
falsa como la
autoproclamación de Juan
Guaidó como presidente
de la República
Bolivariana de Venezuela
y fue sistemáticamente
desmentida a lo largo de
más de dos siglos de
historia independiente.
Hace apenas un par de
meses el ex presidente
James Carter afirmó que
su país era la nación
más beligerante del
mundo: estuvo en guerra
durante 222 años de sus
243 como nación
independiente. Guerras
de rapiña y conquista
comenzando por México,
Cuba y el Caribe y
Centroamérica y, ya
consolidado como el
hegemón de un vasto
imperio informal de
alcance mundial su labor
-sobre todo en los
países del Tercer Mundo-
fue destruir
democracias, donde las
hubiere, y reemplazarlas
por crueles tiranías que
sometieron y
esclavizaron a sus
pueblos en nombre de los
intereses
estadounidenses.
Por supuesto, los
voceros y paniaguados
del imperio se cuidan
permanentemente de
revelar estas dolorosas
verdades. Pero sus
alabanzas y rastreras
adulaciones -ampliamente
difundidas en los
medios, la academia, la
intelectualidad y la
política- son
insuficientes para
ocultar un hecho
decisivo: en la propia
Constitución de Estados
Unidos, con sus
correspondientes
enmiendas, la palabra
“democracia” no aparece
ni una sola vez.
Quizás los Vargas Llosa
(padre e hijo), Krauze,
Kovadlof, Montaner y
toda esa inmensa pléyade
de publicistas del
imperio no se tomaron la
molestia de leer la
Constitución de Estados
Unidos, para ni hablar
de los gobernantes
actuales en
Latinoamérica que
hicieron de la
obsecuencia y la
lambisconería su seña de
identidad, como Macri,
Bolsonaro, Piñera y
Duque, para no mencionar
sino los más
importantes.
Por eso, cuando en todo
el mundo se celebra la
independencia de las
trece colonias
originarias es más que
nunca necesario recordar
que ni sus Padres
Fundadores ni sus
sucesores jamás se
propusieron fundar un
Estado democrático. Y
mal podríamos en Nuestra
América progresar hacia
la democracia emulando
un país que nunca se
atrevió a incorporar ese
régimen político en su
Constitución. ¿Será
suficiente para que
aprendamos cuál es la
verdadera naturaleza del
sistema político
norteamericano?