Realidades y quimeras
Por Elsa Claro
[26.08.2019]-
Actualización 11:00
am de Cuba
Existen muchas e
importantes referencias
sobre los problemas que
ocasiona el
proteccionismo aplicado
por Donald Trump. Las
barreras arancelarias
fijadas por el
presidente, sobre todo a
China, entorpecen la
marcha saludable hasta
de la economía
norteamericana y, entre
situaciones que trazan
un gran arco de
inconvenientes, se hacen
sentir en el ingreso per
cápita de los
ciudadanos, las
ganancias de las
empresas o la recepción
de inversiones
extranjeras.
Entre los contrasentidos
existentes, es curioso
notar la disminución de
transacciones por parte
de China, país con una
fuerte presencia
inversora en distintas
ramas dentro del
territorio
norteamericano. Es el
principal atacado por
las directivas de la
administración Trump,
quien decretó altas
tarifas aduaneras a 1
300 mercancías del
gigante asiático, por
valor de 50 000 millones
de dólares. La respuesta
de Beijing ha sido
rotunda y establece
impuestos a 106
mercancías
estadounidenses.
Gestores acomodados de
otras naciones tampoco
se animan a exponer su
capital, en los dos
últimos años, pues las
tarifas aduaneras
encarecen el precio de
los suministros que
deben adquirir en el
exterior, para una
producción equis dentro
de U.S.A. La
interconexión
tecnológica y la
dependencia de materias
básicas en otros casos,
en la era global, exigen
colaboración,
intercambio entre
gobiernos y empresas.
Tanto así que hasta los
más significativos
recursos militares
norteamericanos tienen
en sus entrañas
componentes fabricados
en otro sitio fuera.
Ocurre parecido, en
medidas variables, entre
terceros o cuartos
países.
No es ningún enemigo de
Trump quien devela
circunstancias negativas
que están expresándose
en EE.UU., sino expertos
de la Oficina de
Presupuesto del
Congreso, agrupación
estadounidense de
relativa independencia,
no sujeta a ninguno de
los dos partidos. Los
informes de sus peritos
muestran cómo las
prácticas implantadas
desde Washington están
dislocando el comercio
mundial y provocan
enormes incertidumbres,
al mismo tiempo que
dañan a Estados Unidos.
Trump se confiere el
éxito alcanzado durante
una larga jornada de
crecimiento bastante
estable hoy en declive.
Al auto adjudicarse el
mérito, pasa por encima
de lo hecho durante la
administración de Barak
Obama, quien asumió
mandato en un
comprometido momento de
la crisis desatada en el
2008. Fuera de alimentar
su ego y pese a las
añagazas del actual jefe
de estado, todos se
percatan del aumento de
trastornos, expresados
en la disminución del
Producto Interno Bruto y
un alza del déficit
federal.
En la lógica trumpiana,
cuando obliga a un
elevado pago por la
importación de artículos
chinos, se aumentan los
ingresos de modo
automático, y, al propio
tiempo, alcanza ventajas
competitivas para los
servicios y productos
nacionales. El
presidente no tiene en
cuenta factores
cruciales en contra de
ese enfoque y pese a
mantenerse defendiendo
tal política, se vio
forzado a aceptar que la
estrategia contra China
provoca daños diversos
al empresariado
estadounidense, los
productores agrícolas y
otras esferas de
actividad, incluyendo,
desde luego, al
ciudadano corriente
sobre quien, en algún
tramo o al final, recaen
las consecuencias de ese
rumbo desacertado,
carente de equilibrio,
demasiado estrecho y muy
criticado por sus socios
del otro lado de
Atlántico.
El presidente admite con
la boca pequeña lo que
es imposible de ocultar,
pero busca culpables y
se enfoca en la Reserva
Federal asegurando que
si desde allí hacen un
buen trabajo las aguas
tomarán su nivel. Les
pide una rebaja en el
precio del dólar para
hacer más deseables las
ventas norteamericanas
hacia fuera, pero recién
en junio, los
responsables de esa
institución financiera,
disminuyeron las tasas
de interés y no les
parece recomendable
repetir esa acción por
el momento. El interés
del presidente en un
dólar depreciado busca
reducir el déficit
comercial, ante todo con
respecto a China, pero
al propio tiempo, quiere
lograr similar resultado
con varias naciones,
entre ellas, Alemania,
México, Japón, Corea del
Sur a las cuales les
compra más que cuanto
les vende.
Esos manejos provocan un
desarreglo del mercado
internacional, con daños
a sus aliados que
comienzan a enseñar los
dientes ante los
perjuicios recibidos y
los posibles de llegar.
Las economías
exportadoras, son las
primeras en sentir los
golpes. Las amenazas
desde la Casa Blanca
menudean junto con
toscos chantajes. En esa
categoría entra el
anuncio de elevar la
tasa al ingreso de vinos
franceses, so pretexto
de que París dispuso
imponerle tributo a las
mega-corporaciones
informáticas
estadounidenses.
Trump se considera con
derecho a castigar a los
demás, pero ve normal
que empresas receptoras
de altos beneficios en
otras naciones, no
aporten tributo alguno a
las sedes donde obtienen
enormes retribuciones.
La industria
automovilística europea
está pendiente de sufrir
lesiones a través de
gravámenes
norteamericanos, algo
que perjudicaría a un
importante grupo de
países (no menos de 10
directa o
indirectamente) con lo
cual, desde luego, va a
enrarecer más un
contexto mundial bien
embrollado en la
actualidad. Las
diferencias con el Viejo
Continente no se limitan
a esos temas (recodar
las tasas al acero y el
aluminio) y pueden
adquirir matices de
enfrentamiento. Eso
ocurre con la disputa
referida al suministro
de gas ruso,
tradicional, cercano y
barato, pero Trump
pretende trastocar
conveniencias de modo
que Alemania y los demás
lo compren a las
compañías
estadounidenses.
Como Estados Unidos
imprime dinero aunque
carezca de valores
sólidos para su
respaldo, Trump tiene en
cartera poner en
circulación crecidas
cantidades de su divisa,
algo capaz de inducir
nuevas pugnas. Un
conflicto monetario,
sumado al comercial,
redundaría negativamente
para todos. De similar
modo sucede con las
sanciones y/o la
hostilidad nada oculta
practicada a diestro y
siniestra.
El FMI ya disminuyó sus
previsiones relativas a
los montos de
crecimiento mundial para
este año y analistas de
Bloomberg (agencia
estadounidense dedicada
a datos y otros
menesteres financieros)
aseguran que el PIB
planetario está en
descenso y calcula para
el 2021, un
decrecimiento en el
orden de los 1,2
billones de dólares. Si
Trump acaba decretando
como “asunto de
seguridad nacional” la
aplicación de su arsenal
proteccionista, las
consecuencias seguirán
generalizándose en el
peor sentido. Así lo
prevén varios grupos de
análisis especializado.
Con tantos malos datos
en ciernes, Donald Trump
introduce variados
elementos de
discrepancia. En la
cumbre del G7 en
Biarritz, remarcó sus
afinidades con Boris
Johnson y promete al
primer ministro
británico la firma de un
ventajoso contrato en
cuanto salga de la Unión
Europea. Con ello eleva
las tensiones entre
Londres y Bruselas,
empuja la opción de un
brexit a la fuerza.
También defendió a Jair
Bolsonaro ante el
requerimiento general de
atender los incendios en
la Amazonía, dada su
envergadura planetaria,
y promete una
intensificación del
comercio con Brasil. El
anuncio tiene pinta de
gesto desdeñoso hacia
Europa y una estocada a
China, poseedora de
importantes inversiones
en el país suramericano.
¿Tendrá razón el
presidente del Consejo
Europeo, Donald Tusk,
cuando de forma pública
estimó: “Con estos
amigos no se necesita
enemigos”?
Los síntomas
(ralentización de la
economía, desconcierto y
bajones en las bolsas de
valores, sumados a
problemas de
gobernabilidad y a la
resaca de la crisis) no
dan pista para un buen
aterrizaje. Obviamente,
se necesita aplacar
desacuerdos. Siempre
habrá soluciones si se
echa mano de buena
voluntad y sentido del
equilibrio, algo de lo
cual carece Trump y su
(norte) América Primero.
Un retorno concertado a
la multilateralidad pese
a sus imperfecciones es
beneficioso y posible,
urgente, incluso para
despejar un ámbito cada
vez más irrespirable.
(Cubadebate)