La irreversible (pero
laboriosa) construcción
de un orden multipolar
Por Atilio Borón
[25.09.2019]-
Actualización 3:50 pm de Cuba
Ismael Hossein-zadeh,
economista kurdo nacido
en Irán y profesor
emérito de la Drake
University (Iowa) se
preguntó en un posteo
reciente porqué China,
India, Rusia y otros
países no desafían la
tiranía que EEUU ejerce
sobre las instituciones
que monitorean, regulan
y controlan el
funcionamiento del
sistema económico y
financiero internacional
como el FMI, el BM, la
OMC, el Banco de Pagos
Internacionales
(Basilea) y la Sociedad
para la Telecomunicación
Financiera Interbancaria
Mundial (SWIFT, por su
sigla en inglés).
Lo que señala es una
llamativa y a la vez
preocupante paradoja: el
unilateralismo infinito
que entonaban los himnos
del “nuevo siglo
americano” ha llegado a
su fin y es
irreversible.
En lo económico, en la
política internacional e
inclusive en el terreno
militar aquellos sueños
que, por su
infantilismo, provocaban
la sonrisa burlona de
Zbigniew Brzezinski se
desvanecieron para
siempre.
China es hoy la
locomotora económica del
planeta, Rusia ha
resurgido de las cenizas
producidas por el
derrumbe de la URSS y la
India se ha convertido
en una potencia
tecnológica y económica
de primer orden. Sin
embargo Washington
retiene el monopolio de
las cruciales
instituciones que fijan
las reglas del juego y
organizan el
funcionamiento de la
economía internacional.
En un mundo cada vez más
policéntrico Estados
Unidos aún conserva, en
ese plano institucional,
el poder y las
prerrogativas que
adquiriera en la
construcción del orden
mundial posterior a la
Segunda Guerra Mundial.
Poder y prerrogativas
que le permiten, por
ejemplo, aplicar severas
–en algunos casos
criminales- sanciones
económicas a países
cuyas riquezas
Washington desea
apoderarse (Venezuela,
Irán, Irak); a duros
competidores globales
como China o Rusia; o a
países como Cuba, Siria,
la República Popular
Democrática de Corea
considerados pésimos
ejemplos sea por su
autodeterminación
nacional, sus logros en
materias sociales y
culturales, o su
importancia geopolítica.
La respuesta que ofrece
Hossein-zadehse bifurca
en dos argumentos. Uno:
la coincidencia clasista
entre los intereses de
las nuevas oligarquías
de los países que
constituyen el núcleo
fundamental del sistema
policéntrico -los
supuestos “challengers”
del orden imperial- con
los de sus contrapartes
estadounidenses,
hermanados todos en el
afán de no poner en
peligro la navegación de
la barca del capitalismo
global porque su
hundimiento acarrearía
enormes complicaciones
para todos.
Claro está que aquellas
nuevas elites están
enfrentadas, dentro de
sus países, con fuerzas
sociales y políticas de
carácter nacionalista,
anti-imperialistas e
inclusive
anticapitalistas cuyo
activismo pueden
absorber sólo en un
contexto de crecimiento
y estabilidad económica.
De momento las
correlaciones de fuerza
han favorecido a las
primeras pero los
sectores radicalizados
no han desaparecido de
la escena y una crisis
económica global podría
catapultarlos al poder.
Esta comunidad de
intereses entre el
declinante hegemón
mundial y sus retadores
lleva a que en áreas
como el comercio, la
inversión y las finanzas
Washington prosiga
fijando arbitrariamente
la normativa global a la
cual todos deben
someterse, si bien a
regañadientes.
Más aún, logra que sus
competidores en la arena
de la geopolítica
mundial tengan
respuestas tibias,
cuando no complacientes,
en áreas tales como las
a menudo letales
sanciones económicas
fijadas por la Casa
Blanca o los proyectos
imperialistas de "cambio
de régimen" dirigidos
contra algunos países.
La cautelosa reacción
ante la “guerra
económica” y los
bloqueos en contra de
Venezuela y Cuba, entre
nosotros y antes en
contra de Irak, que
costó ochocientos mil
muertos, es prueba
fehaciente de lo que
venimos diciendo.
Esta es una explicación.
La segunda respuesta
dice relación con la
profunda, hasta ahora
inexpugnable, hegemonía
que detenta el
neoliberalismo como
filosofía económica y
política en casi todos
los gobiernos e
instituciones
educativas. Según
nuestro autor aquélla
logró ser promovida y
diseminada a una escala
sin precedentes por todo
el mundo y sus premisas
teóricas y sus
paradigmas de gestión
macroeconómica se
consolidaron como un
indisputado “sentido
común”, aún entre
economistas progresistas
y de izquierda. Esto
porque los libros de
texto y los materiales
de lectura de la mayoría
de los departamentos de
Economía, inclusive en
países críticos del
capitalismo, se
inscriben claramente
dentro de los marcos de
la economía neoclásica y
el neoliberalismo. De
ahí que el economista
iraní señale el nefasto
papel que cumplen los
“expertos” y los
funcionarios del área
económica en aquellos
países, todos ellos, o
en su gran mayoría,
formados (o mejor, sus
cabezas “formateadas”)
en los dogmas de la
economía neoclásica una
de cuyas premisas
cruciales es que no hay
alternativas al
capitalismo y que lo
único razonable que
puede hacer un país es
acomodarse de la mejor
manera a sus
requerimientos y en
especial a los del
guardián planetario del
sistema, Estados Unidos.
Una experiencia
latinoamericana
corrobora
convincentemente esta
hipótesis: lo ocurrido
con el Banco del Sur. Su
creación se concretó el
9 de Diciembre del 2007
en Buenos Aires y pese a
que su nacimiento contó
con el entusiasta apoyo
de los presidentes de
Argentina, Brasil,
Bolivia, Ecuador,
Paraguay, Uruguay y
Venezuela el Banco del
Sur nunca llegó a
ponerse plenamente en
marcha.
¿La razón? El sabotaje
que sufrió esta
iniciativa a manos de
las “segundas líneas” de
sus respectivos
gobiernos: los
presidentes de los
bancos centrales,
ministros de economía,
secretarios de hacienda
u otros funcionarios del
área económica, todos
ellos formados en los
manuales neoclásicos
arriba referidos, que
interpusieron toda
suerte de obstáculos
supuestamente técnicos o
simplemente leguleyos
para frustrar esa gran
idea.
Los presidentes tomaron
una decisión; sus
economistas, colonizados
por el saber
convencional de su
profesión tomaron otra.
Y se salieron con la
suya.
Resumiendo: en el
naciente sistema
policéntrico se está
librando una sorda puja
geopolítica global en
donde junto al
enfrentamiento y el
conflicto en torno a
ciertos intereses
coexiste la obediencia o
la sumisión de las
potencias emergentes al
orden neoliberal
impuesto y regido por
Estados Unidos.
Una situación
constitutivamente
inestable, surcada por
crecientes
contradicciones y cuyo
desenlace es por lo
menos incierto. Pero,
mientras tanto, el
periplo declinante de la
dominación
norteamericana aún
dispone de fuerza como
para preservar su
dictadura en los
organismos reguladores
de la economía
internacional.
La definitiva
construcción de un orden
genuinamente multipolar
deberá, más pronto que
tarde, poner fin a ese
coto cerrado desde el
cual Estados Unidos
brega por mantener un
predominio condenado a
desaparecer.
(Tomado de
www.counterpunch.org)