Agonía y muerte del
neoliberalismo en
América Latina
Por Atilio A. Boron
[04.11.2019]-
Actualización 8:00 am de Cuba
En las últimas semanas
el neoliberalismo sufrió
una serie de derrotas
que aceleraron su agonía
y en medio de aparatosas
y violentas convulsiones
desencadenaron su
deceso. Tras casi medio
siglo de pillajes,
tropelías y crímenes de
todo tipo contra la
sociedad y el medio
ambiente, la fórmula de
gobernanza tan
entusiastamente
promovida por los
gobiernos de los países
del capitalismo
avanzado, las
instituciones como el
FMI y el BM y acariciada
por los intelectuales
bienpensantes y los
políticos del
establishment yace en
ruinas. La nave insignia
de esa flotilla de
saqueadores, el Chile de
Sebastián Piñera, se
hundió bajo el
formidable empuje de una
protesta popular sin
precedentes, indignada y
enfurecida por décadas
de engaños, artimañas
leguleyas y
manipulaciones
mediáticas. A las masas
chilenas se les había
prometido el paraíso del
consumismo capitalista,
y durante mucho tiempo
creyeron en esos
embustes. Cuando
despertaron de su
sonambulismo político
cayeron en la cuenta que
la pandilla que las
gobernó bajo un manto
fingidamente democrático
las había despojado de
todo: les arrebataron la
salud y la educación
públicas, fueron
estafadas
inescrupulosamente por
las administradoras de
fondos de pensión, se
encontraban endeudadas
hasta la coronilla y sin
poder pagar sus deudas
mientras contemplaban
estupefactas como el 1
por ciento más opulento
del país se apropiaba
del 26,5 por ciento del
ingreso nacional y el 50
por ciento más pobre
sólo capturaba el 2.1
por ciento. Todo este
despojo se produjo en
medio de un ensordecedor
concierto mediático que
embotaba las
conciencias, alimentaba
con créditos
indiscriminados esta
bonanza artificial y
hacía creer a unas y
otros que el capitalismo
cumplía con sus
promesas. Pero ninguna
utopía, aún la del
mercado total, está a
salvo de la acción de
sus villanos. Y éstos
irrumpieron
personificados en las
figuras de unos
adolescentes: su osadía
en el metro de Santiago
hizo trizas el hechizo y
grandes sectores de la
ciudadanía se percataron
que habían sido burlados
y estafados y salieron a
las calles para expresar
su descontento y su
cólera. Los satisfechos
consumidores se
convirtieron, de la
noche a la mañana, en
“vándalos” o en una
revoltosa banda de
“alienígenas” –para usar
la elocuente descripción
de la mujer del
presidente Piñera- que
comprobaron con rabia
que habían sido
condenados a sobrevivir
endeudados de por vida,
víctimas de una
plutocracia -insaciable,
intolerante y violenta-
y de la corrupta
partidocracia cómplice
de aquélla. Allí están,
todavía hoy, luchando
por poner fin a tanta
desdicha.
El neoliberalismo sufrió
otra derrota en Bolivia,
cuando el presidente Evo
Morales fue reelecto con
el 47,08 por ciento de
los votos contra el
36,51 por ciento
obtenido por Carlos
Mesa, candidato de
Comunidad Ciudadana.
Pese a que el presidente
le sacó una ventaja de
10.57 por ciento de los
votos (más del 10 % que
señala la legislación
boliviana para
declararlo ganador en
primera vuelta) y que no
hubo ninguna denuncia
concreta de fraude sino
tan sólo gritos y
aullidos de la oposición
ésta exige que se
convoque al balotaje.
Dicen que las
irregularidades habidas
en la transmisión y
difusión del escrutinio
(explicada
convincentemente por las
autoridades bolivianas)
unido lo exiguo de la
diferencia obtenida por
Evo (pero por encima del
10 %, por supuesto)
obliga a proceder de tal
manera. Si este fuera el
caso deberían ordenar
también la anulación de
la elección presidencial
de 1960 en Estados
Unidos cuando John F.
Kennedy aventajó a
Richard Nixon por 0.17
centésimos (49.72 versus
49.55 %). Mesa que
perdió por una
diferencia de 10.57 por
ciento haría bien en
llamarse a silencio. No
lo hará, porque había
advertido que
desconocería otro
resultado que no fuera
su victoria. Si gano, la
elección fue limpia; si
pierdo, hubo fraude.
Nada nuevo: la derecha
jamás creyó en la
democracia, mucho menos
en estas latitudes.
En línea con este
generalizado clima
ideológico de repulsa al
neoliberalismo, en la
Argentina la experiencia
neoliberal de Mauricio
Macri fue repudiada en
las urnas. Ampliamente
porque lo que hubo el 27
de Octubre no fue la
primera vuelta dado que
ésta tuvo lugar, de
hecho, en las PASO y
allí las distintas
alianzas políticas
midieron sus fuerzas. En
esa ocasión quedó
demostrado que sólo
Macri poseía los votos
como para desafiar el
poderío electoral del
Frente de Todos el
presidente atrajo las
preferencias de
electores de derecha que
habían optado por otras
candidaturas y
probablemente con un
segmento mayoritario de
la mayor afluencia
ciudadana que concurrió
a las urnas el domingo.
De todos modos hay
algunas incógnitas que
despiertan suspicacias
sobre el veredicto de
las urnas. Por ejemplo,
el hecho de que la
fórmula
Fernández-Fernández sólo
hubiera acrecentado su
caudal electoral en unos
250.000 votos,
disminuyendo su
gravitación porcentual
con relación a las PASO
en casi un uno y medio
por ciento, se hace
difícil de entender. Sí
que su rival lo
acrecentase, pero que lo
hiciera en 2.350.000
votos y casi siete y
medio por ciento mueve a
la curiosidad, sobre
todo en un contexto de
profundización de la
crisis económica.
Misterios de la
aritmética electoral que
seguramente serán
develados con el
escrutinio definitivo.
De todos modos, los casi
ocho puntos porcentuales
que separan a Alberto
Fernández de Macri son,
para un balotaje, una
diferencia muy
significativa. En la
segunda vuelta de la
elección presidencial
del 2015 Macri se impuso
a Daniel Scioli por dos
puntos y medio, 2,68 %
según el escrutinio
definitivo. Lo cierto es
que la ardua tarea de
reconstruir a la
economía y sanar las
profundas heridas que el
macrismo dejó en el
tejido social sólo será
posible abandonando las
recetas del
neoliberalismo. Éste
ocasionó en la Argentina
una crisis peor aún que
la derivada del
traumático desplome de
la Convertibilidad en el
2001 y los estallidos
sociales de Chile (y los
de Ecuador, Haití y la
elección de AMLO en
México) deberían
disuadir al próximo
gobierno de creer que lo
que hay que hacer es
avanzar por el camino
abierto en Chile hace
casi cincuenta años.
No es fácil discernir lo
que brotará de las
cenizas del
neoliberalismo. Será
dictado por los avatares
de las luchas sociales,
por la clarividencia de
sus fuerzas dirigentes;
por su audacia para
hacer frente a toda
clase de contingencias y
preservar la preciosa
unidad de las fuerzas
políticas y sociales
democráticas y de
izquierda; y por la
eficacia con que se
organice y concientice
al heterogéneo y
tumultuoso campo
popular. Será una tarea
hercúlea, pero no
imposible. La
incertidumbre domina la
escena, pero donde hay
una certeza absoluta es
que ya más nadie en
Latinoamérica podrá
engañar a nuestros
pueblos, o pretender
ganar elecciones,
diciendo que “hay que
imitar al modelo
chileno”, o seguir los
pasos del “mejor alumno”
del Consenso de
Washington. Esto fue lo
que por décadas
recomendaron -en vano,
visto el inapelable
veredicto de la
historia- el antes
locuaz y ahora silente
Mario Vargas Llosa junto
a la pléyade de
publicistas del
neoliberalismo que
gracias a su
privilegiada inserción
en los oligopolios
mediáticos y aparatos de
propaganda de la derecha
diseminaban a voluntad
sus falacias y sofismas.
Pero esto ya es pasado;
la historia se encargó
de refutarlos.
Tomado de Página /12