Trump por 187
Por Atilio Borón
[11.11.2019]-
Actualización 9:00 pm de Cuba
La obsesión
norteamericana por
lograr el anhelado
“cambio de régimen” en
Cuba recrudeció hasta
extremos otrora
inexplorados bajo la
presidencia de Donald
Trump. Si la necesidad
de incorporar la isla
rebelde a la
jurisdicción de Estados
Unidos se remonta hasta
1783, fecha de la famosa
carta enviada desde
Londres por John Adams a
las autoridades de las
apenas independizadas
Trece Colonias
urgiéndolas a actuar en
consecuencia, el paso
del tiempo no hizo sino
exacerbar tan maligna
pretensión. Máxime
cuando el 1º de Enero de
1959 Fidel y sus
compañeros consumaron la
derrota del sanguinario
peón a quien la Casa
Blanca le había
encomendado el manejo de
Cuba como una cercana y
muy conveniente posesión
de ultramar, un lugar en
donde el poder
corporativo, el gobierno
de Estados Unidos, la
clase política y la
mafia podían reunirse
para urdir sus planes a
cara descubierta y a
salvo de las leyes y los
ojos de la opinión
pública estadounidense.
Todo esto fue retratado
con maestría en el libro
de Mario Puzo, El
Padrino II, y en la
estupenda versión
cinematográfica de su
libro.
Pero “en eso llegó
Fidel” y todo aquello se
vino abajo. Desde ese
momento el gobierno de
Estados Unidos no cesó
de conspirar un minuto
contra la Revolución
Cubana. La isla “era de
ellos” y no toleraron
que se la hubieran
arrebatado. La
frustración y la
agresividad fueron
acumulándose a medida
que la revolución
avanzaba y se
consolidaba, a escasas
noventa millas de sus
costas. Para colmo de
males era (y es) un
pésimo ejemplo porque
demuestra que si un país
subdesarrollado y
escasamente dotado de
recursos naturales se
libera del yugo
imperialista y sus
lugartenientes locales
puede ofrecer a su
población derechos de
exigibilidad universal
(a la salud, la
educación, la seguridad
social) que en Estados
Unidos son mercancías
muy costosas y que no
están alcance de todos.
Año tras año las tasas
de mortalidad infantil
de Cuba, comparables
sólo a las de los países
de mayor desarrollo
social en el mundo, son
una bofetada a la
arrogancia de Estados
Unidos y una prueba
irrefutable de la
inequidad del
capitalismo. La osadía
cubana, para decirlo con
pocas palabras, es
inadmisible e
intolerable y urge
acabar con ella.
Donald Trump -un niño
setentón, maleducado,
caprichoso y violento-
seguramente que “oyó
voces” que le decían que
esa era su misión en la
historia. Fiel a esa
alucinación ha lanzado
un ataque sin
precedentes en contra de
Cuba en un vano intento
de retornar la isla a su
condición neocolonial.
Sueña con una nueva
“Enmienda Platt”, el
escandaloso agregado a
la Constitución de Cuba
impuesto luego de la
ocupación norteamericana
que legalizaba su
absoluta sumisión a
Washington, y pasar a la
historia con una
quimérica “Enmienda
Trump” que consagre la
definitiva anexión de la
isla a la jurisdicción
de Estados Unidos. El
pobre no sabe con quién
se ha metido. Rodeado de
hampones y de menos que
mediocres consejeros
piensa que redoblando la
agresión contra Cuba
hará que su pueblo caiga
de rodillas y le jure
fidelidad a un
personajillo como él.
Gyorg Lúkacs decía que
un conejo parado en la
cima del Himalaya seguía
siendo un conejo.
Sentado en el trono
imperial este animalito
también seguiría siendo
lo que es. Lo mismo pasa
con Trump.
Furioso porque es
consciente de que la
declinación del poderío
estadounidense es lenta
pero irreversible y
porque sabe que en menos
de 10 años China
superará económicamente
a su país (como ya en
parte lo ha hecho, con
la ventaja que conquistó
en la estratégica
tecnología 5G);
impotente para poner en
vereda al gigante
asiático y a Rusia y
para jugar un rol
arbitral en Oriente
Medio luego del fracaso
de la aventura imperial
en Siria; irritado por
la tímida pero creciente
desobediencia y
vacilaciones de sus
aliados europeos que lo
perciben como un déspota
impredecible y
veleidoso; fastidiado
con sus lacayos
latinoamericanos que no
logran extirpar al
“populismo” (Vargas
Llosa dixit) de sus
países o de presidentes
ineptos para sostener el
modelo neoliberal sin
amenazantes turbulencias
(Piñera en Chile, Moreno
en Ecuador, o Macri en
Argentina) y necesitado
de los votos de la
Florida para la próxima
contienda presidencial
se ha lanzado con
enfermiza inquina en
contra de Cuba.
Nada menos que 187
resoluciones aprobó su
gobierno para hostilizar
a la isla, decretando la
aplicación del Capítulo
III de la Ley Helms-Burton
que ningún presidente de
Estados Unidos había
considerado conveniente
implementar, hasta una
serie interminable de
sanciones económicas y
restricciones destinadas
a sumir a los cubanos en
penurias y privaciones
con la esperanza de que
éstas desatarían un
estallido social que
pondría fin a la
revolución. La lista
sería interminable:
limitación de los vuelos
de aerolíneas
estadounidenses
exclusivamente a La
Habana sin poder llegar
a otras ciudades;
sanciones para los
buque-tanques que lleven
petróleo a Cuba o para
los mercantes que
transporten mercancías
desde o hacia la isla,
luego de lo cual durante
seis meses no podrán
amarrar en ningún puerto
de Estados Unidos;
prohibición de hacer
tierra en cualquier
puerto cubano a los
numerosos cruceros que
surcan el Caribe;
sanciones a los bancos
que intermedien en el
comercio exterior de la
isla; limitación a las
remesas que los cubanos
residentes en EEUU
puedan enviar a sus
familiares; bloqueo
selectivo a la
importación de medicinas
y alimentos;
interdicción para
alquilar a Cuba aviones
que tengan más del 10
por ciento de tecnología
o insumos originarios de
Estados Unidos y
presiones sobre las
líneas aéreas para que
reduzcan o eliminen de
sus itinerarios
cualquier ciudad cubana.
Todo esto ante la
complicidad de los
gobiernos de los países
europeos, de la Unión
Europea, supuesta
reserva moral de
Occidente y heredera de
la tradición kantiana de
la paz y fraternidad
universales que admiten,
cual si fueran
republiquetas de cartón
pintado (en realidad lo
son) la
extraterritorialidad de
las leyes
estadounidenses y la
agresión del “Gorbachov
americano” -como un muy
lúcido amigo cubano lo
bautizara- contra todos
quienes se opongan a su
prepotencia, llámese
Cuba, Venezuela o
Nicaragua, en Nuestra
América. Seguramente que
por su ignorancia Trump
desconoce la historia de
David y Goliat. Los
cubanos resistieron
sesenta años de bloqueo
del Goliat del norte, y
resistirán sesenta años
más. Aprenderá esta
lección en carne propia
cuando, en no mucho
tiempo, emprenda su
viaje sin retorno por el
inodoro de la historia.
Tomada de
Cubadebate