El coronacapitalismo
Por Carlos Fernández
Liria
[03.03.2020]-
Actualización 11:30 am de Cuba
Hace ya varios siglos
que la humanidad
contrajo un virus fatal,
una especie de pandemia
económica a la que, hoy
en día, podríamos llamar
coronacapitalismo
El sentido común ha sido
tan derrotado en las
últimas décadas que
vivimos acostumbrados al
delirio como lo más
normal. Aceptamos como
inevitables cosas bien
raras. Por ejemplo, que
el mayor peligro con el
que nos amenaza el
coronavirus no es que
infecte a las personas,
sino que infecta a la
economía. Resulta que
nuestra frágil
existencia humana no
resulta tan vulnerable
como nuestro vulnerable
sistema económico, que
se resfría a la menor
ocasión. Naomi Klein
dijo una vez que los
mercados tienen el
carácter de un niño de
dos años y que en
cualquier momento pueden
cogerse una rabieta o
volverse medio locos.
Ahora pueden contraer el
coronavirus y desatar
quién sabe si una guerra
comercial global. Los
economistas no cesan de
buscar una vacuna que
pueda inyectar fondos a
la economía para
inmunizar su precaria
etiología neurótica. Se
encontrará una vacuna
para la gente, pero lo
de la vacuna contra la
histeria financiera
resulta más difícil.
Para nosotros es ya una
evidencia cotidiana: la
economía tiene muchos
más problemas que los
seres humanos, su salud
es más endeble que la de
los niños y, por eso, el
mundo entero se ha
convertido en un
Hospital encargado de
vigilar para que no se
constipe. Somos los
enfermeros y asistentes
de nuestro sistema
económico. El caso es
que hace cincuenta años
aún se recordaba que
este sistema no era el
único posible, pero hoy
en día ya nadie quiere
pensar en eso. Por otra
parte, los que
intentaron cambiarlo en
el pasado fueron tan
derrotados y
escarmentados que todo
hace pensar que en
efecto la cosa ya no
tiene marcha atrás y que
cualquier día que los
mercados decidan acabar
con el planeta por algún
infantil capricho o
alguna infección
agresiva llegará el fin
del mundo y santas
pascuas. “El mundo
comenzó sin el hombre y
terminará sin el
hombre”, decía Claude
Lévi-Strauss. Estaremos
aquí mientras así sea la
voluntad de la Economía.
Lo mismo se pensaba
antes de la voluntad de
los dioses. La
diferencia es que éstos,
normalmente, no tenían
el carácter de un niño
de tres años, ni se
contagiaban del virus de
la gripe.
Sorprende leer algunos
textos de hace un siglo,
cuando todavía no
habíamos ingresado en
este manicomio global.
Por ejemplo, es muy
impactante releer una
conferencia que John
Maynard Keynes impartió
en Madrid en 1930 y que
llevaba el significativo
título “Las
posibilidades económicas
de nuestros nietos”.
Hace de ello casi cien
años. Y eso era lo que
se planteaba Keynes, qué
sería del mundo
económico cien años
después. La cosa tiene
incluso gracia. El gran
genio de la economía del
siglo XX pronostica,
nada más y nada menos,
que en cosa de cien años
(allá por el año 2020,
vaya) “la humanidad
habrá resuelto ya su
problema económico”, es
decir, que nos habremos
librado de la
“economía”, del problema
de cómo “administrar
recursos escasos”,
sencillamente porque ya
no serán escasos. La
cosa le parece evidente
a la luz de lo que él
considera una
“enfermedad” que ha
contraído la economía de
su tiempo: el paro y la
sobreproducción. Esta
“enfermedad”, al
contrario que el “coronavirus”,
anunciaba un futuro muy
prometedor y, en
realidad, demostraba
(¡increíble afirmación!)
“que el problema
económico no es el
problema permanente del
género humano” (el
subrayado es de Keynes).
O sea, acuerdo total con
Aristóteles y desacuerdo
con la filosofía
subyacente a la ciencia
económica: no somos un
homo economicus, sino un
ser social que tiene un
problemilla económico
que se puede remediar
(en Aristóteles,
teniendo esclavos; en la
actualidad, con el
progreso técnico y la
organización de la
producción). Hasta el
momento, la economía ha
sido una enfermedad
congénita para la
humanidad (o quizás, más
bien, un virus que
contrajo con la
separación de las clases
sociales, porque en las
sociedades neolíticas,
según atestigua la
antropología, siempre se
trabajó mucho menos que
ahora). En todo caso,
con la revolución
industrial se habría
descubierto la vacuna.
En resumen, a Keynes le
parece obvio que, allá
por el año 2020, los
seres humanos podrían
trabajar “quince horas a
la semana, en turnos de
tres horas al día” y,
aun así, seguiría
sobrando riqueza: “tres
horas al día es
suficiente para
satisfacer al viejo Adán
que hay dentro de
nosotros”.
Así es que el bueno de
Keynes se plantea un
grave problema
existencial: ¿qué hará
la humanidad con tanto
tiempo libre?, ¿no le
provocará ansiedad?,
¿nos pasará a todos como
“a las esposas de las
clases adineradas,
mujeres desafortunadas
que ya no saben qué
hacer con su vida
desocupada y aburrida”?
El ocio puede ser un
arma de dos filos, pues
el aburrimiento puede
ser letal desde un punto
de vista psíquico. Otro
peligro es que no seamos
capaces de reprimir
nuestros instintos
agresivos, impidiendo
las guerras, que todo lo
destruyen. Es una
cuestión de educación,
habrá que acostumbrar a
la población a
divertirse y a ser buena
gente. Por lo demás, si
dejamos que los
especialistas en
economía resuelvan los
cada vez menores
problemas económicos,
del mismo modo “que
hacen los odontólogos,
como personas honestas y
competentes”, todo irá
bien.
En fin, sorprende que un
genio económico como
Keynes ni por un momento
repare en que bajo
condiciones capitalistas
es imposible repartir el
trabajo y reducir la
jornada laboral, algo
que Marx ya demostró en
1867. Y que, por tanto,
el problema no será el
aburrimiento o la
agresividad, sino el
capitalismo. El
capitalismo no genera
ocio, sino paro, que no
es lo mismo. Paro y
trabajo excesivo; pero
de repartir nada, porque
económicamente es
imposible, porque la
economía se pondría
enferma con ese reparto,
un auténtico virus letal
desde el punto de vista
de los negocios. En
cuanto a las guerras,
bajo el capitalismo
tienen poco que ver con
la agresividad humana.
Como muy bien dijo en
los años ochenta el
filósofo Günther Anders,
“el capitalismo no
produce armas para las
guerras, sino guerras
para las armas”. Las
guerras son, ante todo,
mercados solventes para
la producción
armamentística. Así son
los caprichos de eso que
llamamos “la economía”.
Keynes no menciona eso
del “capitalismo”, lo
mismo que tampoco suele
mencionarse hoy. El
capitalismo es
sencillamente la vida
económica de la
humanidad, como se
piensa en Intereconomía
y, en general, en
nuestro actual modelo
ideológico. Pero Keynes
no era un vulgar
tertuliano y pensaba,
como todo bien nacido,
que ese “problema
económico” se podía
dejar atrás. Hasta el
momento, como dijo Raoul
Vaneigem en 1967,
“supervivir nos ha
impedido vivir”; pero ha
llegado el momento de
librarnos de la
asfixiante lucha por la
supervivencia y comenzar
a vivir un poco según lo
que Marx llamaba “el
reino de la libertad”
(en palabras de
Aristóteles, no hay que
conformarse con vivir,
sino con una vida
buena). Así es que, como
Keynes era una buena
persona, sólo le queda
el recurso a la
ingenuidad: la humanidad
no será tan estúpida de
seguir sin repartir el
trabajo y aprovecharse
de la sobreproducción
(que la sociedad de
consumo demuestra a
diario de manera tan
extravagante). Él no
podía sospechar que los
“especialistas
odontólogos” que iban a
acabar por gestionar la
“economía” iban a ser
Milton Friedman y sus
Chicago boys, y que, en
el año 2020, lejos de
“habernos librado del
problema económico”,
íbamos a vivir en una
cárcel económica
asfixiante, temerosos de
la que la economía
contraiga algún virus o
estalle en alguna
imprevisible rabieta.
Actualmente, lo
primordial ya no es
construir un Estado del
Bienestar para la
población, sino estar
pendientes del Bienestar
de la Economía, que
tiene sus propios
problemas y sus propias
soluciones, que poco
tienen que ver con las
de los seres humanos.
Sorprende tanta
ingenuidad en un hombre
de la talla de Keynes.
Qué diferencia con el
diagnóstico que hacían
las izquierdas. Yo ya no
creo mucho en eso de la
célebre “superioridad
moral de la izquierda”,
pero sí creo que su
superioridad intelectual
fue indiscutible. Aún
recuerdo una entrevista
en la televisión que
hicieron durante la
Transición a Federica
Montseny, cuando regresó
a España tan anciana.
“Sigo pensando lo mismo
de siempre. Hay que
superar el capitalismo,
porque el capitalismo es
incapaz de repartir el
trabajo”. Lo mismo que
había diagnosticado Paul
Lafargue, el yerno de
Marx, en su magistral
ensayo El derecho a la
pereza (1880), en el que
definía el comunismo
como el medio para
lograr que los avances
de la técnica se
tradujeran en ocio y en
descanso, en lugar de en
paro y en
sobreproducción. Si las
lanzaderas tejieran
solas, había dicho
Aristóteles, no harían
falta esclavos. Pues,
bien, afirma Lafargue,
las lanzaderas ya tejen
solas. Cada
descubrimiento técnico
que doble la
productividad, debería
ir seguido de una
decisión parlamentaria:
¿preferimos tener el
doble y seguir
trabajando lo mismo o
trabajar la mitad y
tener lo mismo que
antes? Puro sentido
común. Lo mismo que dice
Keynes. Lo que pasa es
que Lafargue sabe que
bajo el capitalismo eso
es imposible. Por eso
era comunista, sólo que
en un sentido
enteramente opuesto al
estajanovismo y a la
cultura proletaria que
se instauró en la URSS y
la China maoísta (algo
que seguramente tuvo
poco que ver con el
comunismo y bastante con
el hecho de estar
continuamente en guerra
o amenazados por ella).
Pero pensemos en otro
eminente genio del siglo
XX: Bertrand Russell. En
1932 escribió Elogio de
la ociosidad, un texto
en todo semejante al de
Paul Lafargue, donde
podemos leer: “El tiempo
libre es esencial para
la civilización, y, en
épocas pasadas, sólo el
trabajo de los más hacía
posible el tiempo libre
de los menos. Pero el
trabajo era valioso, no
porque el trabajo en sí
mismo fuera bueno, sino
porque el ocio es bueno.
Y con la técnica moderna
sería posible distribuir
justamente el ocio, sin
menoscabo para la
civilización”. Con la
técnica moderna, sin
duda que sí. Con el
capitalismo no, como
bien se ha demostrado
cien años después. Otro
ingenuo. Aunque no
tanto: Russell tiene muy
claro que, durante la
guerra, la “organización
científica de la
producción” (lo que en
el lado comunista se
llamaba “planificación
económica”) había
permitido fabricar armas
y municiones suficientes
para la victoria. “Si la
organización
científica”, nos dice,
“se hubiera mantenido al
finalizar la guerra, la
jornada laboral habría
podido reducirse a
cuatro horas y todo
habría ido bien”. Pero,
por el contrario, “se
restauró el antiguo
caos: aquellos cuyo
trabajo se necesitaba se
vieron obligados a
trabajar excesivamente y
al resto se le dejó
morir de hambre por
falta de empleo”. En los
años 30, Bertrand
Russell protesta
indignado con
impaciencia: “¡Los
hombres aún trabajan
ocho horas!”. Ello lleva
a la sobreproducción en
todos los sectores, las
empresas quiebran, los
trabajadores son
despedidos y arrojados
al paro. “El inevitable
tiempo libre produce
miseria por todas
partes, en lugar de ser
una fuente de felicidad
universal. ¿Puede
imaginarse algo más
insensato?”. Russell no
ve otra solución que
reducir la jornada
laboral a cuatro horas
diarias. Eso acabaría
con el paro y con la
sobreproducción que hace
quebrar a las empresas.
Vemos que coincide punto
por punto con el
diagnóstico de Keynes.
En cambio, si hoy en día
se te ocurre decir la
cuarta parte de esto, te
consideran un demagogo
populista. Keynes y
Russell están superados,
debe de ser que ya
tenemos gente más lista
por ahí, en las
tertulias de la radio (o
quizás en las Facultades
de Economía).
“Cuando propongo que las
horas de trabajo sean
reducidas a cuatro, no
intento decir que todo
el tiempo restante deba
necesariamente
malgastarse en puras
frivolidades”, continúa
diciendo Bertrand
Russell. No, porque él
tiene confianza en las
virtudes civilizatorias
del ocio, del tiempo
libre. De hecho, está
convencido de que “sin
la clase ociosa, la
humanidad nunca hubiese
salido de la barbarie”.
Lo que ocurre es que,
como bien sabía
Aristóteles y bien
recordaba Paul Lafargue,
para que haya existido
una clase ociosa siempre
han hecho falta esclavos
o proletarios. Pero ya
no es así, los progresos
técnicos de la humanidad
nos auguran “un mundo en
el que nadie esté
obligado a trabajar más
de cuatro horas al día”,
de modo que ahora es
posible “democratizar el
tiempo libre” y que
“toda persona con
curiosidad científica
pueda satisfacerla, y
todo pintor pueda pintar
sin morirse de hambre,
no importa lo
maravillosos que puedan
ser sus cuadros”. El
tiempo libre se
invertirá en las artes y
las ciencias, en la
política y el progreso
moral de la humanidad.
“Puesto que los hombres
no estarán cansados en
su tiempo libre, no
querrán sólo
distracciones pasivas e
insípidas” y muchos
dedicarán sus esfuerzos
a “tareas de interés
público”. La conclusión
de Bertrand Russell es
impactante por ser muy
de sentido común: “Los
métodos de producción
modernos nos han dado la
posibilidad de la paz y
la seguridad para todos;
en vez de esto, hemos
elegido el exceso de
trabajo para unos y la
inanición para otros.
Hasta aquí, hemos sido
tan activos como lo
éramos antes de que
hubiese máquinas; en
esto, hemos sido unos
necios, pero no hay
razón para seguir necios
para siempre”.
¿No? Que se lo pregunten
a nuestros actuales
tertulianos y a nuestras
autoridades económicas
también. Sí hay una
razón y se llama
capitalismo. Porque
Russell, como Keynes,
piensan que es una
cuestión de necedad o de
humana insensatez.
Russell piensa que es
porque nos han comido el
tarro con una ética del
trabajo delirante.
Estamos empeñados en que
“el trabajo es un
deber”. Empeñados en que
“el pobre no sabría cómo
emplear tanto tiempo
libre”. De ahí su
angustiosa pregunta:
“¿Qué sucederá cuando se
alcance el punto en que
todo el mundo pueda
vivir cómodamente sin
trabajar muchas horas?”.
Pero Russell (como
Keynes) se preocupaba
inútilmente. Los tiempos
iban a demostrar que,
mientras siguiera
existiendo el
capitalismo, eso no
sucedería jamás, sino
todo lo contrario.
Gozamos ahora de
desarrollos técnicos
inimaginables para él (y
para Keynes). Y no ha
aumentado el tiempo
libre, sino el paro y la
precariedad. Y el
trabajo excesivo. Y
sería demasiado
sarcástico eso de
intentar convencer a los
precarios y los parados
de que si se empeñan en
trabajar es porque hay
una “ética del trabajo”
que les tiene comido el
coco. No es una cuestión
ética. Es una cuestión
económica, que tiene que
ver con un sistema que
Lafargue, Montseny y
Marx hacían muy bien en
llamar “capitalista”.
De hecho, ha ocurrido
todo lo contrario de lo
que pensaban Keynes o
Russell. En realidad,
actualmente no es que
trabajemos “todavía”
ocho horas. La gente
trabaja mucho más. En un
cierto sentido, incluso
(como ha contado
Santiago Alba Rico en
sus últimos libros),
actualmente trabajamos
24 horas diarias, pues
el capitalismo ya no
sólo explota el trabajo,
sino también el ocio. La
tecnología, bajo el
capitalismo, no ha
liberado ocio alguno: ha
borrado las fronteras
entre el ocio y el
trabajo. Así que hasta
los parados generan
activamente beneficio y
no sólo, como antes, en
la medida en que el paro
era una función de la
producción misma, sino
porque están conectados
a la red y consumiendo
no sólo mercancías
baratas sino imágenes
asociadas a grandes
empresas de la
comunicación. El
situacionista y
anticapitalista Vaneigem,
en 1967, sí que era bien
consciente de que esto
empezaba ya a ocurrir:
“Ahora, los tecnócratas,
en un hermoso aliento
humanitario, incitan a
desarrollar mucho más
los medios técnicos que
permitirían combatir
eficazmente la muerte,
el sufrimiento, la
fatiga de vivir. Pero el
milagro sería mucho
mayor si en lugar de
suprimir la muerte se
suprimiera el suicidio y
el deseo de morir.
Existen formas de abolir
la pena de muerte que
hacen que se la eche de
menos”.
En todo caso, la
ingenuidad de Keynes, la
sensatez de Russell, la
genialidad de Lafargue,
nos retrotraen a épocas
en las que aún no se
había perdido el sentido
común, cuando aún se
tenía el derecho a no
estar loco. No porque el
mundo no estuviera igual
de loco, como atestiguan
dos guerras mundiales y
no pocas crisis
económicas devastadoras,
sino porque el sentido
común no había sido
todavía tan pisoteado.
Aún no habíamos perdido
tantas batallas, como
demuestra el espíritu
del 45 que Ken Loach
inmortalizó en su
magnífica película: “si
el socialismo nos ha
permitido gestionar la
guerra, tiene que
servirnos para gestionar
la paz”, se decía por
aquél entonces. La
segunda guerra mundial
la habían ganado los
comunistas. Pero es que
también las grandes
potencias aliadas,
durante la guerra,
habían sido socialistas
a la hora de organizar
su producción. ¿No podía
hacerse lo mismo para
organizar la paz? Sin
duda, así lo demostró la
Europa del Bienestar
durante dos décadas.
Pero había otra guerra
en curso, la de la lucha
de clases. Y un duro
camino que recorrer
hasta que el magnate
Warren Buffett dijera su
célebre frase:
“naturalmente que hay
lucha de clases, pero es
la mía la que va
ganando”.
La derrota estaba
servida. El “socialismo
del bienestar”, que
existió en Alemania y
los países nórdicos
durante los años sesenta
y setenta, como una
especie de lujo que los
ricos se podían
permitir, ha sido
derrotado. Y los
intentos de hacer lo
mismo que tuvieron los
países más pobres,
ensayando un socialismo
compatible con el orden
constitucional y la
democracia, fueron
machacados uno tras otro
mediante un rosario de
golpes de Estado,
invasiones y bloqueos
económicos. Ahora bien,
por lo menos, no
perdamos del todo la
memoria y el sentido
común. Recordemos qué es
lo que ha pasado y no
nos creamos más
juiciosos que Keynes o
Russell. Lejos de
habernos librado del
“problema económico”
vivimos sometidos a una
economía cada vez más
chiflada, cada vez más
vulnerable y cada vez
más tiránica. Pero el
que la economía se haya
vuelta loca no implica
que nosotros nos
volvamos locos también,
olvidando dónde está el
problema. En esa época,
ni las izquierdas ni las
derechas habían perdido
el juicio como ocurre
actualmente (como empezó
a ocurrir a partir de
los años ochenta, cuando
se inició la hegemonía
neoliberal). Fue un
autor católico bien de
derechas, como era G.K.
Chesterton, quien mejor
describió el problema
psiquiátrico al que nos
veíamos abocados y lo
hizo en 1935, poco más o
menos en los años en la
que han hablado Keynes y
Russell. Conviene releer
ahora su magnífico
artículo Reflexiones
sobre una manzana
podrida. Dependiendo de
nuestras convicciones
religiosas -nos dice-
podemos o no creer en
los milagros. Y en los
cuentos de hadas.
Podemos creer que una
planta de alubias puede
subir hasta el cielo,
pues al fin y al cabo
que existan las alubias
ya es un misterio
bastante increíble. Pero
lo que no puede ser es
que cincuenta y siete
alubias sean lo mismo
que cinco. O que
multiplicar panes y
paces dé como resultado
menos panes y menos
peces. Una cosa es la fe
o la credulidad y otra
muy distinta la locura y
el absurdo. “La historia
de los panes y los peces
no convence al
escéptico, pero tiene
sentido. Pero ningún
Papa o sacerdote pidió
jamás que se creyera que
miles de personas
murieron de hambre en el
desierto porque fueron
abundantemente
alimentados con panes y
con peces. Ningún credo
o dogma declaró jamás
que había muy poca
comida porque había
demasiados peces”.
Y sin embargo, nos dice
Chesterton, “esa es la
precisa, práctica y
prosaica definición de
la situación presente en
la moderna ciencia
económica. El hombre de
la Edad del Sinsentido
debe agachar la cabeza y
repetir su credo, el
lema de su tiempo: Credo
qua impossibile”. La
situación es tan absurda
que “nos enteramos de
que hay hambre porque no
hay escasez, y de que
hay tan buena cosecha de
patatas que no hay
patatas. Esta es la
moderna paradoja
económica llamada
superproducción o exceso
de mercado”.
El problema fundamental
estaba ya previsto desde
hace mucho tiempo por
Aristóteles, que
descubrió la “economía”
al tiempo que nos
advirtió de sus
peligros. El mayor
enemigo de la ciudad, de
la polis, nos dijo, es
la hybris, la desmesura,
el infinito, la falta de
límites. Y la economía
corre demasiado el
riesgo de devenir
infinita. Un médico, por
ejemplo, en tanto que
médico persigue la salud
del paciente. Su
actividad tiene un fin
que se completa y
concluye con la sanación
del enfermo. Por eso es
muy importante que el
médico no cobre dinero
(o como ocurre hoy día
en la sanidad pública,
que cobre un sueldo fijo
del Estado). Porque si
el médico comienza a
cobrar por sus
curaciones, se habrá
iniciado un proceso que
no tiene por qué tener
fin, pues el fin ya no
es la salud, sino la
ganancia y el ansia de
ganancia no tiene por
qué detenerse nunca, de
modo que la salud o la
enfermedad se convierten
más bien en medios para
seguir haciendo girar la
rueda de los negocios. A
este tipo de economía,
Aristóteles le llamó
“crematística” y la
consideró con razón el
mayor enemigo de la
ciudad. Y su temor tenía
mucho de profético,
porque apuntaba ya a una
situación en la que la
sociedad entera
estuviera sustentada por
el infinito y la
desmesura. Un monstruo
tiránico para lo que
todo serían medios de
enriquecimiento. Ni en
la peor de sus
pesadillas, Aristóteles
habría podido concebir
el mundo actual, en el
que la economía ha
cobrado vida propia y
tiene ya su propio
metabolismo que en
absoluto coincide con el
de la sociedad y los
seres humanos que la
habitan.
Chesterton pone el mismo
ejemplo: un hombre que
vendía navajas de
afeitar y luego
explicaba a los clientes
indignados que él nunca
había afirmado que sus
navajas afeitaran, pues
no habían sido hechas
para afeitar, sino para
ser vendidas. Lo mismo
que ahora los tomates,
que ya no tienen por qué
saber a tomate con tal
de que se vendan. Y así
con todo lo demás.
Durante los años 80, las
vacas gallegas se
alimentaron de
mantequilla. Puede
parecer absurdo desde un
punto de vista humano,
pues la elaboración de
mantequilla lleva mucho
trabajo y la mantequilla
sale de las vacas. Pero
desde un punto de vista
económico resultaba de
lo más sensato. Todas
las empresas que
fabrican mantequilla
intentan agotar el
mercado, de modo que
acaba sobrando mucha
mantequilla. La única
salida a la crisis del
sector es intentar
imponerse a la
competencia, procurando
ser el último en
quebrar, lo cual
requiere fabricar
masivamente más
mantequilla al mejor
precio. Y entonces se
descubrió que las vacas
alimentadas con
mantequilla producían
mucha más mantequilla.
Al fin y al cabo, la
mantequilla no se
producía para engordar,
sino para la venta. Ya
lo había previsto
Chesterton en 1935,
porque en esos tiempos
aún quedaba algo de
sentido común: “Si un
hombre en lugar de
fabricar tantas manzanas
como quiere, produce
tantas manzanas como se
imagina que el mundo
entero necesita, con la
esperanza de copar el
comercio mundial de
manzanas, entonces puede
tener éxito o fracasar
en el intento de
competir con su vecino,
que también desea todo
el mercado mundial para
sí”. La sed de ganancia
introduce el infinito en
la ciudad, la hybris
hace reventar a todas
las instituciones
destinadas a administrar
la modesta vida finita
de los seres humanos. De
hecho, en la actualidad,
el infinito económico ya
no cabe en este mundo,
ha rebasado los límites
de un planeta finito y
redondo, y amenaza con
hacerlo reventar. No
podemos seguir creciendo
un tres por ciento anual
en un planeta como este,
que más bien decrece por
agotamiento de sus
recursos.
Pero el diagnóstico de
Chesterton, siendo
genial como es, también
tiene algo de ingenuo,
aunque menos que el de
Keynes o Russell. “El
comercio”, nos dice, “es
muy bueno en cierto
sentido, pero hemos
colocado al comercio en
el lugar de la Verdad.
El comercio, que en su
naturaleza es una
actividad secundaria, ha
sido tratado como una
cuestión prioritaria,
como un valor absoluto”.
Es como si el Dios del
Génesis, en lugar de
contemplar su creación y
ver que las cosas eran
“buenas”, hubiera
exclamado que eran
“bienes” destinados a
ser comprados y vendidos
de forma generalizada.
En esto tiene toda la
razón, por supuesto.
Pero Chesterton se
olvida de explicar por
qué el mercado se ha
convertido en un amo, en
lugar de seguir siendo,
como le correspondía, un
buen esclavo. Marx, en
cambio, sí se empeñó en
intentar explicarlo y
concluyó que se debía a
una estructura de la
producción, impuesta a
sangre y fuego en los
anales de la historia, a
la que había que llamar
“capitalismo”. Si
llamamos “comunistas”,
ante todo, a los que se
empeñaron en luchar
contra esa estructura
capitalista, no cabe
duda de que, en ese
sentido, los comunistas
tenían (teníamos) toda
la razón. Pero no
vivimos en un mundo de
fantasías, sino
enfrentados a la cruda
realidad. Hace ya tiempo
que perdimos la batalla
de los hechos. Pero, por
lo menos, que no nos
hagan también perder el
juicio. El capitalismo
existe. No es la
economía natural del ser
humano. Es un sistema
particular, que tiene su
propio metabolismo, cada
vez más neurótico, cada
vez más vulnerable a
todo tipo de virus y
bacterias, pero que
sigue siendo
infinitamente poderoso,
por lo que,
probablemente no acabará
más que llevándose todo
por delante. No parece
probable que el
capitalismo, en su
demente evolución, nos
vaya a traer el
comunismo, como creyeron
las filosofías de la
historia marxistas del
siglo XX. Es más
probable que nos traiga
el Apocalipsis, si no es
que ya vivimos en él.
Hace ya varios siglos
que la humanidad
contrajo un virus fatal,
una especie de pandemia
económica a la que, hoy
en día, podríamos llamar
“coronacapitalismo”. Ese
virus respira con más
fuerza que todos
nosotros juntos. Como
una metástasis cancerosa
tiene sus propios
objetivos y no se
preocupa demasiado del
cuerpo de la humanidad,
al que acabará por
exterminar.
Fuentes: Cuarto Poder