Sitio Oficial - XII Encuentro Sobre Globalización
y Problemas del Desarrollo
La Habana del 1 al 5 de marzo de 2010

  

TERCER  DÍA

La Integración con brújula propia
Por José Bodes Gómez

[03.03.2010]- Actualización 8:30 am de Cuba

Creo que no descubro el Mediterráneo si comienzo este artículo con una aseveración que he oído algunas veces y que me ha hecho meditar: los procesos de integración pueden ser considerados como una de las manifestaciones de la globalización.

Los estudiosos que suscriben esta aseveración parten del criterio que la integración es un proceso gradual de acercamiento y vinculación entre países que deciden trabajar en común para el logro de objetivos, en la esfera económica, como la creación de una unión aduanera, una zona de libre comercio o acuerdos de cooperación en productos y servicios sociales.

Pero la integración entraña algunos riesgos que también requieren encararse de forma conjunta.

Uno de esos peligros es la absorción por los intereses transnacionales de las ventajas económicas que se derivan del establecimiento de una comunidad de países subdesarrollados. En estos casos los trusts extranjeros actúan como verdaderos "caballos de Troya", utilizando el poder de sus inversiones en el área para beneficiarse del trato preferencial que mutuamente se otorgan las naciones asociadas.

No obstante, es indudable que la integración entre países subdesarrollados puede llegar a convertirse en un valioso instrumento que contribuya a neutralizar los efectos perjudiciales de la globalización neoliberal, cuando es concertada por gobiernos capaces de defender los intereses nacionales.

Si no existieran otras razones que demuestran el papel fundamental que desempeña la voluntad política en cualquier tipo de compromiso bilateral o multilateral, este elemento se justifica por la necesidad de contar con representantes decididos y firmes al frente del Estado para solventar las injerencias externas.

La integración económica en América Latina y el Caribe está expuesta, además, a ciertas barreras objetivas que dificultan el avance y pueden provocar el desaliento entre sus miembros.

En este aspecto tienen mucho impacto las tasas de crecimiento económico desiguales, inestables y, por regla general, insuficientes para impulsar el desarrollo, pues históricamente la región no ha conseguido superar el 6 % o el 5 % de incremento del Producto Interno Bruto (PIB) en largos intervalos de tiempo.

Las desigualdades se registran tanto en los índices anuales como en los niveles de las economías nacionales.

El problema de la asimetría económica se ha puesto de relieve, en los últimos tiempos, en el funcionamiento del Mercado Común del Sur (MERCOSUR), en el que los socios menores (Uruguay y Paraguay) sostienen una prolongada negociación con Brasil y Argentina a fin de garantizar un trato preferencial con la amplitud que permita acelerar su crecimiento.

Aparte de los factores de índole económica que inciden en los procesos de integración, hay que reconocer que el tema social constituye un gran desafío para la región porque es inconcebible que la economía pueda desenvolverse con dinamismo mientras perduren los grandes bolsones de pobreza en que se encuentran sumidos más de 100 millones de latinoamericanos.

Son numerosos los países donde el 10 % más pobre de la población solo percibe el

1 % del ingreso nacional, mientras que el

10 % más pudiente se adjudica el 30 % o más del efectivo total.

Sin embargo, cuando le preguntan a los economistas si es factible la integración económica de la región en estas condiciones, son muchos los que responden afirmativamente.

El análisis de los diversos factores que influyen en estos procesos permite argumentar esta respuesta, sobre todo si se toma en cuenta que la acción concertada posibilitará alcanzar una posición más sólida en la economía mundial y reducir la vulnerabilidad del sector externo de América Latina y el Caribe.

Es exagerado pensar que la integración por sí misma podrá solucionar todos los retos del desarrollo, pero los especialistas están convencidos de que puede convertirse en un fuerte instrumento de negociación con los países desarrollados, particularmente con Estados Unidos en lo que comprende a este hemisferio.

Una fórmula que ha demostrado su sabiduría a lo largo de las últimas décadas, sobre todo con la experiencia de los distintos esquemas de integración ensayados en la región, consiste en aplicar el siguiente método: apoyarse en los factores de interés recíproco y planificar con "los pies en la tierra", es decir, apegados a las condiciones que impone la realidad económica.

Con seis años de existencia, la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América (ALBA) ha recogido las lecciones de la historia y representa un modelo de integración de nuevo tipo.

Basada en un enfoque amplio y versátil, se ensancha mediante los acuerdos de cooperación e intercambio en los que el rumbo político de los países miembros abre nuevos derroteros.

Por primera vez, un organismo de integración se ocupa de los problemas sociales y lo hace con la conciencia de que, además de ser justos, la atención a las mayorías fortalece la unidad regional y coadyuva al desarrollo de los mercados internos de América Latina y el Caribe al incrementar el poder adquisitivo de sus habitantes.

Es indiscutible que los marcos conceptuales y prácticos de la integración económica en Nuestra América, como la identificó José Martí y la evoca esta alianza del siglo XXI, registran una transformación tan profunda en su estrategia y principios que puede catalogarse como una experiencia inédita en la región.

Con perseverancia y decisión en el empeño de abrir nuevos horizontes a los países latinoamericanos y caribeños, el ALBA podrá continuar transitando por el difícil camino que conduce hacia las metas del progreso.

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