Sitio Oficial - XII Encuentro Sobre Globalización
y Problemas del Desarrollo
La Habana del 1 al 5 de marzo de 2010

  

QUINTO  DÍA

La paz de los halcones
Por Luis Jesús González

[05.03.2010]- Actualización 6:40 pm de Cuba

Como si fuera poca la alarma suscitada por la presencia militar norteamericana en siete bases militares en Colombia, el reciente anuncio de un acuerdo entre Washington y el nuevo gobierno panameño expande dudas sobre las intenciones de la administración Obama hacia el resto del hemisferio occidental.

Proyectada en sus lineamientos de política exterior durante la campaña presidencial, el mejoramiento de las relaciones con América Latina enfrenta las ambivalencias del doble juego entre los protocolos de la diplomacia y las amenazas del gendarme mundial, expresión de las pugnas sobre las que oscilan las intenciones estadounidenses en la región.

Resultado de las conversaciones sostenidas por la secretaria de Estado, Hillary Clinton, con el titular istmeño de Gobernación y Justicia, José Raúl Mulino, quien aseguró que "serán bases panameñas, en las que actuarán diversas instituciones de seguridad", como parte de la inserción de su país en las operaciones norteamericanas contra el narcotráfico.

Ubicadas en las localidades de Bahía de Piña, en la sureña provincia de Darién y en Punta Coca, al sureste de la capital, las instalaciones militares serían las primeras en acoger efectivos de las fuerzas armadas de Estados Unidos desde la retirada norteamericana de la Zona del Canal, en virtud de los acuerdos firmados en 1977 por los presidentes Omar Torrijos y James Carter.

Conocedor de las secuelas dejadas por casi un siglo de presencia norteamericana en Panamá, el nuevo presidente, Ricardo Martinelli, —en cuya campaña electoral no figuró ningún posible acuerdo militar— se apresuró a desmentir que se trate de instalaciones estadounidenses.

Según una declaración emitida al respecto por el Frente Nacional por los Derechos Económicos y Sociales, además de las instalaciones mencionadas, se construye una pista de aterrizaje en la localidad de Metetí, región de Darién, muy cerca de la frontera con Colombia, hecho que multiplica los temores, toda vez que Panamá carece desde hace mucho de un ejército regular.

Ante semejante escenario, no falta sospechas sobre una posible reconquista estadounidense de su antiguo enclave colonial en la Zona del Canal, cuya ampliación y modernización apuntan hacia su consolidación de sus ventajas en el tránsito marítimo, pese a los vaticinios difundidos a fines de los 90 por varios medios norteamericanos, quienes auguraron un caos mundial con el traspaso de la vía interoceánica a la administración panameña.

Al igual que hace una década, cuando los sectores más conservadores bombardearon a la administración Clinton por el cumplimiento de los acuerdos Torrijos-Carter, los voceros del pánico esgrimen diversos argumentos sobre los peligros que se ciernen sobre la cintura americana.

Junto al cuestionado incremento de la lucha contra el narcotráfico fuera de sus fronteras, las fuerzas revanchistas estadounidenses levantan el fantasma de las crecientes inversiones chinas y una posible expansión de la influencia venezolana, sin reparar en el incumplimiento de Washington con la limpieza de los antiguos campos de tiro de artillería del Comando Sur, contaminados y en los que permanecen sin desactivar granadas y obuses de morteros.

De acuerdo con organizaciones sociales panameñas, en la cercana isla de San José, el Pentágono experimentó en los años 60 con el nocivo agente naranja y existen sospechas de que aún permanecen enterradas grandes cantidades de armas químicas.

Convertida en lucrativo negocio desde el fin de la Segunda Guerra Mundial, la guerra y sus preparativos han llenado las arcas de las empresas norteamericanas asociadas al Complejo Militar Industrial, que en tiempo de crisis busca mantener sus niveles de ganancias del saqueado presupuesto federal y de los presupuestos nacionales de los 132 países en que Estados Unidos mantiene más de 700 instalaciones militares.

Como si no bastaran los conflictos infinitos de Iraq y Afganistán para desinflar los menguados impuestos de los contribuyentes, los halcones conspiran en las sombras contra la paz y en sentido contrario al discurso y los propósitos declarados del presidente Barack Obama, rehén de un sistema regido por la avaricia geopolítica de los señores de la guerra.

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