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Sitio Oficial - VII Encuentro Sobre Globalización y Problemas del Desarrollo
La Habana del 7 al 11 de febrero de 2005

  

PROGRAMACOMISIONES

El peor tsunami
Por Eduardo Montes de Oca

Una caudalosa corriente de solidaridad con los 11 países de Asia y África tocados por la mano larga de una naturaleza encarnada en tsunami, o maremoto, el 26 de diciembre último recorrió los cuatro puntos cardinales de un mundo que, al parecer, se miraba en el espejo de la tragedia. Un mundo que se aprestó a la ayuda moral y material con la misma rapidez del creyente piadoso que pretendiera conjurar con obras de caridad otros fenómenos de esa especie.

Y eso fue (es) bueno. Digamos que muy bueno. Quizás nunca antes en la humana historia la comunidad internacional se había mostrado tan presta al convite de las intenciones bienhechoras. No era para menos; en conjunto, Indonesia, Sri Lanka, la India, Tailandia, Somalia, las Maldivas, Malasia, Birmania, Tanzania, Bangladesh y Kenya sufrieron -sufren, porque la estela fatal aún se expande- uno de los desastres más colosales de todos los tiempos. Y aquí el adjetivo no peca de exagerado. Más de 150 mil muertos, de 500 mil heridos, de cinco millones de desplazados son algunos datos estadísticos entresacados de informes parciales, conservadores. Una vez más la realidad sobrepuja al arte. Dante ha quedado pequeño en su pintura del infierno.

Que conste: no venimos a insistir, ni siquiera a sugerir, como algún que otro escéptico, que "la presencia de occidentales y el elevado número de víctimas entre éstos contribuyeron a la repercusión planetaria de la catástrofe". Aplaudamos sin suspicacia el amor al prójimo multiplicado. Empero, no pasemos por ingenuos al afrontar con el recurso del raciocinio este tipo de situaciones. El bosque no deberá ocultarnos los árboles, como reza la tradicional sabiduría popular.

Asistencia, sí; pero no toda la necesaria. Asistencia pública y privada primeramente cifrada en cuatro mil millones de dólares; luego, en seis mil millones. Claro que cualquier lector desavisado podría espetarnos un furibundo mentís. ¡Cómo atreverse a juzgar insuficiente tamaña cantidad! Mas acudamos al contexto, para hacer digno de crédito este criterio no precisamente festinado.

Veamos. Analistas diversos coinciden en que, tras un cataclismo de esa envergadura, al menos la reducción de la deuda tendría que devenir elemento esencial del socorro humanitario y de la reconstrucción de los países afectados. Las erogaciones de dinero destinado al débito externo se podrían utilizar en el auxilio de las víctimas, la recuperación económica y el alivio de la pobreza…

Pero el hombre propone y Dios… perdón, e instituciones como el Club de París, el Banco Mundial y el FMI disponen, con todo el derecho que se han arrogado.
Caramba, si a escala del orbe las naciones pobres reembolsan cada año al Norte pletórico más de 230 mil millones de dólares; si la deuda exterior de los 11 visitados por la mala fortuna alcanzó en el 2003 la astronómica suma de 406 mil millones, ¿no resulta ridículo un aporte de seis mil millones para paliar los efectos de Natura encabritada?

¿Qué pensar de esa salomónica reunión del Club de París -que agrupa a 19 de las naciones más ricas- 17 días después del maremoto? Disposición plena a suspender el pago -más bien el cobro-, pero nula proclividad a una anulación significativa, no ya definitiva, de la deuda "eterna". Que se comprenda bien: moratoria, prórroga, espera, plazo, aplazamiento, demora, dilación, retraso, retardo… como espada de Damocles sobre 11 pueblos sufrientes. Algunos de ellos, murientes.

Numerosos expertos argumentan que una moratoria podría causar a largo plazo más perjuicios que beneficios, si tiene como consecuencia pagos acumulados y mayores. Sí, está claro que una suspensión temporal del reembolso no deriva en solución estructural para economías precarias, cuyos gobiernos tendrán que devolver divisas puntualmente, sin márgenes para maniobras de amparo de su población.

Eso, sin contar que los acreedores, tan buenos samaritanos ellos, han proclamado la condición de que se emprendan ciertas medidas en el marco del Consenso de Washington, del cual el celebérrimo FMI y el igualmente famoso Banco Mundial son los guardianes. Y huelga el comentario en torno a esas medidas, por supuesto. Si acaso, mencionemos una: austeridad suprema en el gasto público y social.

La mano larga de una naturaleza enfurecida mueve a reflexiones con pretensiones de holísticas que se reducen a sinceras: el mismo fenómeno que abrió de par en par el pecho de la humanidad no logró franquear las puertas de los rectores de la globalización neoliberal. De aquellos que han pasado por alto "menudencias" como que en el 2003 los 11 Estados asolados "devolvieron" a los acreedores extranjeros ¡68 mil millones de dólares! Y que, para resarcirse de los daños del tsunami, 10 mil millones sería la cantidad imprescindible… tan menudita ella ante otras, como los cuatro mil 300 millones de dólares que cuesta mensualmente la guerra de Iraq a los Estados Unidos de Norteamérica.

Terminemos clamando por que los ilustres integrantes del Club de París, el FMI, el Banco Mundial, temerosos de una concertación de deudores en paro, se "convenzan" a golpe de hechos -la cancelación como el principal- de que la deuda externa vendría a ser, a no dudarlo, el peor tsunami aparecido en la Tierra. ¿Lo aceptarán así, nomás?

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VII Encuentro Internacional de Economistas Sobre Globalización y Problemas del Desarrollo.   Palacio de Convenciones de La Habana
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