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Raúl Cepero Bonilla, Escritos Económicos
Por Ernesto Molina Molina

Al cumplirse 95 años del nacimiento de Raúl Cepero Bonilla (1920-1962), bien vale la pena reseñar este libro, preparado por el excelente profesor ya fallecido, Félix Torres Verde, en honor a la obra de periodismo económico y político de Cepero Bonilla.

La importancia del aporte de Raúl Cepero Bonilla al pensamiento económico cubano tiene estrecha relación con su doble carácter de historiador y economista. Ello puede constatarse en la compilación realizada por el profesor Félix Torres Verde, titulada "Raúl Cepero Bonilla, Escritos Económicos", publicada por la Editorial de Ciencias Sociales en 1983 y que contiene sus escritos económicos del período 1946- 1958.

Este libro cobra una vigencia extraordinaria cuando comenzamos a hablar de un proceso que se inicia con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas con Estados Unidos.

Historiador, economista y periodista, así es conocido Cepero Bonilla por su labor intelectual. Se graduó en la escuela de Derecho de la Universidad de la Habana con una tesis de grado titulada "El Derecho según la concepción materialista de la historia". Ello da fe de su formación marxista, si bien no hace alarde de ello citando a Marx continuamente. Ejerció muy poco tiempo como abogado y como profesor en el Instituto de II Enseñanza del Vedado y fue como periodista -en cuestiones económicas- que hubo de destacarse combatiendo y denunciando sobre todo la política económica de la dictadura batistiana, por lo que sufrió persecuciones.

Como historiador su principal obra es "Azúcar y Abolición", que fue presentada en 1948 a un concurso convocado por el Ministerio de Educación; y los miembros del tribunal no quisieron fallar a su favor, por ser Cepero Bonilla un crítico severo de la corrupción y el desgobierno del régimen de Carlos Prío Socarrás, con la excepción de un miembro, que mantuvo una postura seria y digna,

En el Gobierno Revolucionario fue Ministro de Comercio y presidió las delegaciones de Cuba en la Sesión del Consejo Internacional del Azúcar (México, 1960) y a la conferencia de revisión del convenio que tuvo lugar en Ginebra, 1961. También fue presidente del Banco Nacional hasta su fallecimiento en trágico accidente a su regreso de la Conferencia Regional de la FAO para América Latina en Río de Janeiro, 1962.

Para la comprensión del mecanismo de dominación imperialista sobre la economía cubana esta obra es fundamental; aún cuando el propio autor no la realizó como libro; sino que es el resultado de numerosos artículos periodísticos escritos en forma popular y pedagógica, con un profundo basamento científico. Vale la pena citar el papel que el autor le concede al dominio del imperialismo norteamericano sobre la industria azucarera de Cuba.

La industria azucarera surgió casi en los mismos umbrales de la conquista. Para nacer necesitó del calor del privilegio estatal. El monarca español tuvo que subvencionar a los propietarios de los primeros ingenios, ya que la iniciativa privada se reveló impotente para establecer por sí sola los modestos trapiches. Pero no sólo mediante el sistema de subvenciones el Estado protegió a la industria azucarera. Le dio esclavos y también le dio el apoyo arancelario. Y ya encontramos la forma en que la industria azucarera nos impone el monocultivo. Hemos dicho protección arancelaria, y por ahí, precisamente por ahí, nos vino el monocultivo. Como la industria azucarera es una industria de exportación que no se consume en el territorio nacional, sino en el mercado internacional, y como no somos los únicos productores de azúcar, hubo que proteger nuestro principal producto de exportación mediante los favores arancelarios. A las naciones que nos compraran el azúcar, las favorecíamos en la importación. Como Estados Unidos fue nuestro único mercado, tuvimos que darle las ventajas de un preferencial arancelario. Así exportábamos el azúcar sin problemas, pero los productos americanos competirían con ventaja indudable en nuestro misérrimo mercado nacional. Para proteger la industria azucarera, sacrificamos la diversificación de nuestros cultivos, cerrando toda posibilidad a un desarrollo industrial salvador. El monocultivo no nos cayó del cielo. Es una consecuencia evidente de nuestra industria azucarera, que necesita de la protección y de los privilegios para subsistir".

Podemos apreciar en esta explicación lo científico y lo pedagógico: la claridad con que se exponen las causas de la dependencia económica de Cuba a la monoproducción y al monomercado, gracias a la protección y a los privilegios que había que otorgarle a Estados Unidos para que sus productos pudieran competir con ventaja en nuestro mercado.

En trabajos posteriores, el propio Cepero explica la contradicción entre los industriales azucareros y los no azucareros, frente a la diversificación industrial. Mientras los no azucareros reclaman protección para sus incipientes industrias; los azucareros plantean que esa "protección" los perjudicaría a ellos, al provocar represalias con el azúcar cubano, que se produce para la exportación:

Los empresarios de las industrias de exportación se creen heridos en sus intereses por la elevación de los derechos aduanales que se les hace pagar a las mercancías importadas. En primer lugar, consideran que ese proteccionismo determinará un alza del nivel de los salarios al encarecer el costo de la vida. La industria azucarera, razonan, requiere, en estos momentos en que hay que competir en precios, de un reajuste de los costos de producción. A salarios altos, mayor costo, y menor posibilidad de adueñarse de los mercados extranjeros. En segundo lugar, temen que una política proteccionista del Gobierno cubano traería, necesariamente, represalias con el azúcar cubano, que se produce para la exportación.

Esta visión tan clara de Cepero Bonilla, que permite identificar las fuerzas internas aliadas al imperialismo, al capital extranjero, nos lo identifican como un intelectual revolucionario y no como un reformista nacionalista.

Cepero asoció la necesidad de una reforma agraria en Cuba a su independencia nacional. En 1946 ya escribía:

Se esperaba que cuando adviniera la República, sobre las ruinas de la agricultura latifundista y colonial se construiría fácilmente un nuevo tipo de explotación de la tierra, que no estuviera reñido con la soberanía nacional.

Pero la revolución de independencia resultó frustrada. La intervención norteamericana oportunamente se encargó de impedir que la economía nacional pasara a manos cubanas. El Tratado de París, la Intervención, la Orden Militar no. 62, el Tratado de Reciprocidad, etcétera, aseguraron la persistencia de las condiciones coloniales en la economía cubana.

Y más adelante expresa:

La reforma agraria aún está por hacer. La independencia nacional aún está por realizar. El campesino cubano no es dueño de las tierras que trabaja. No habrá verdadera República mientras una reforma agraria no asiente al cubano en la tierra que cultiva.

Cepero supo apreciar la importancia de crear la Banca Nacional como instrumento de defensa y desarrollo de la economía nacional. En 1948 se avizoraba venir la crisis económica y sin Banca Nacional ésta sería aún más grave:

Aplazar una vez más la creación de la Banca nacional sería precipitar la crisis económica y situarnos indefensamente frente a ella. Tenemos que evitar, en lo inmediato, dos cosas, la fuga de la divisa dólar y la depreciación del peso nacional. Sin la Banca Nacional, sin un control estatal sobre el mercado de cambios esos dos objetivos no se vencerían.

El grado de subordinación de la economía cubana a la norteamericana era tan grande, que ni siquiera contaba el Estado cubano con la capacidad de regular internamente el negocio bancario. Esto permitía que los bancos extranjeros extrajeran de Cuba libremente la divisa dólar, redescontaran sus letras de cambio en bancos norteamericanos, algo que no podían hacer los bancos cubanos.

Si bien Cepero mantuvo una crítica sistemática de la política económica seguida por los gobiernos auténticos de Ramón Grau San Martín y Carlos Prío Socarrás, es a partir del golpe de estado de Batista, que su pluma se hace cada vez más afilada, y por tanto, se hace más peligrosa para el régimen.

La obra económica más importante de Raúl Cepero Bonilla es "Política Azucarera", publicada clandestinamente en la Habana en 1958, bajo la cobertura de un pie de imprenta que simula que la misma se ha editado en México.

En "Política Azucarera", Cepero Bonilla, rompiendo la censura de la dictadura, populariza el tratamiento de las cuestiones azucareras, y en un lenguaje sencillo y directo, porque está dedicado no a los especialistas, sino al hombre de la calle, no sólo denuncia los negocios turbios de la dictadura, sino que esclarece la estrategia que debía, en su criterio, guiar la acción de Cuba en el mercado mundial del azúcar:

Cuba - según Cepero - no puede rehuir la competencia en ninguna circunstancia, y , por tanto, retener unilateralmente las ventas de azúcar sólo conduce a la pérdida de mercados y a verse penalizada en el complejo y difícil proceso de negociación de las cuotas, con vista a la concentración del convenio regulador del comercio internacional, al cual, en definitiva, se aspira, como medio de garantizar una adecuada estabilización del mercado a mediano plazo. (Por tanto, Cepero es anti - restriccionista).

Cuando se trata de un producto básico libremente reproducible como el azúcar, un Acuerdo Internacional presenta varios inconvenientes. Las cuotas que se establezcan para los productos han de guardar cierta correspondencia con la demanda efectiva del mercado durante su período de vigencia. Pero un grupo de productores no firmará el convenio y si tienen suficiente capacidad productiva y exportadora, podrían desestabilizar el mercado. También los importadores, miembros o no del convenio, pueden fomentar sus producciones domésticas.

Un aporte teórico y práctico de Cepero es su análisis sobre el problema de la elasticidad de la demanda de azúcar con relación a su precio. Los economistas del gobierno, que pretendían defender el precio del azúcar con su política restriccionista, en la práctica no pudieron evitar que el precio bajara, ya que el Convenio no impedía la expansión de la producción de otros países exportadores.

Cepero plantea: Cuba no puede esperar que el aumento de la exportación azucarera sea proporcional a la disminución de los precios: debe exportar para evitar el crecimiento de la producción en áreas con peores condiciones naturales que Cuba.

Otro aporte de Cepero fue su crítica a la política de gasto público del gobierno batistiano. A través del control absoluto sobre el Instituto Cubano de Estabilización del Azúcar, se utilizaban los azúcares retenidos como fuente de financiamiento de las obras del túnel de La Habana y el Hotel Habana Hilton. El supuesto efecto multiplicador de las inversiones que este gasto público debía realizar, realmente sólo producía empleo mientras estas obras públicas se estuvieran construyendo. En lugar de realizar inversiones industriales -que sí producen empleos una vez puestas en marcha estas industrias- el gobierno aplicaba la receta keynesiana del gasto público improductivo. La crítica que Cepero realiza a esta receta keynesiana constituye un aporte teórico relevante para países subdesarrollados que acostumbran copiar este tipo de soluciones de los países desarrollados.

En países subdesarrollados y monoproductores, generar mediante el gasto público una demanda efectiva artificial, produce un efecto multiplicador preferentemente sobre las importaciones, ya que no se cuenta nacionalmente con una industria diversificada.

La política de gastar por gastar tiene un fallo: como el gobierno no dirige la inversión hacia nuevas instalaciones productivas y el capital privado sigue retraído - la desconfianza no ha desaparecido - el aumento de la circulación que se produce en obras públicas incrementa inevitablemente las importaciones, desequilibrando la balanza de pagos internacionales y socavando la estabilidad de la moneda. La creación de nuevo dinero - el Banco Nacional lo crea - fomenta el consumo, pero como la producción doméstica no crece, se cubre con producción y servicios importados. La política compensatoria del gobierno subvenciona, en realidad, a la producción extranjera.

El último escrito de Cepero publicado en la Revista Cuba Socialista antes de su muerte fue: "El Canje de Billetes: un Golpe a la Contrarrevolución", en él relata y evalúa aquella operación de tanta significación política y económica, en la que le tocó ser uno de los principales participantes en su condición de Presidente del Banco Nacional.

Se "despidió" una vez más criticando a los economistas como Felipe Pazos, que en la República, e incluso en los primeros meses del gobierno revolucionario se presentaban como defensores del desarrollo económico nacional y terminaron al servicio de las organizaciones internacionales encargadas de defender los intereses imperialistas norteamericanos al Sur del Río Grande.

Raúl Cepero Bonilla, al igual que José Martí, vivió solo 42 años, había nacido en 1920 y muere en trágico accidente a su regreso de la Conferencia Regional de la FAO para América Latina en Río de Janeiro, 1962, junto a Juan Francisco Noyola, economista mexicano que abrazó la Revolución Cubana y contribuyó, junto a Cepero, a esclarecer los problemas económicos de Cuba, y por tanto, a hallarles solución.

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