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Yo soy el Rufo y NO ME RINDO1
Por Ernesto Molina Molina.2

[03.04.2017]- Actualización  7:30 pm de Cuba

El libro que hoy reseñamos es muy semejante a “Marighella, El guerrillero que incendió el mundo”, novela biográfica ésta ultima3, dedicada a La vida de Carlos Marighella, revolucionario brasileño que nunca se rindió, ni frente a las torturas, ni a sus propios errores: por eso podemos hacer cierto paralelo con esta otra novela biográfica dedicada a Raúl Séndic, revolucionario uruguayo, al frente del Movimiento de Liberación Nacional (Tupamaros) en el Uruguay entre 1962 y 1989, quien desde muy temprano en su vida decidió luchar por los pobres de su tierra.

Entre ambas novelas testimonio hay diferencias también. El autor de “Marighella, El guerrillero que incendió el mundo”, Mario Magalhaes, nos ofrece este voluminoso libro, acompañado de más de dos mil notas que avalan la enjundiosa investigación, (891 páginas, 43 capítulos, un prólogo, un epílogo y varias páginas de fotos dispersas en el texto), que nos presenta la vida de quien fuera uno de los personajes más controvertidos de la historia reciente de Brasil, Carlos Marighella (1911-1969). Militante comunista desde muy joven, diputado federal de la Asamblea Constituyente y fundador de Acción Libertadora Nacional (ALN), el mayor grupo armado de la oposición a la dictadura militar, al tiempo que hombre de sensibilidad exquisita manifestada en su poesía.

Daniel Chavarría evidentemente realizó también una acuciosa investigación de la vida de Raúl Séndic, pero prefirió no mostrar el instrumental científico, para en 459 páginas provocar el interés del lector por los acontecimientos históricos que en la supuesta “Suiza de América”, un verdadero líder revolucionario supo desmitificar con su acción y denuncia.

Daniel Chavarría aspira con esta novela biográfica despertar la admiración de sus jóvenes lectores por Raúl Séndic, pero ¿por que no? También para cualquier lector ávido de acciones donde la realidad supera la ficción. Así ocurre, por ejemplo, con secuencias tan absorbentes como el asalto al cuartel de la Marina, el secuestro de Dan Mitrione y la increíble fuga de más de cien tupamaros del penal de Punta Carretas. Ahora bien, aunque esta biografía exalta el valor y la determinación de sus protagonistas, su interés no se limita a los actos revolucionarios heroicos.

Como bien explica Rafael Hernández en su prólogo,

Ejercer como líder de los Tupamaros no fue únicamente, para Séndic, un rol derivado de su carisma, sus ideas políticas de vanguardia, su coraje personal y entereza para enfrentar la muerte en la primera línea, su aptitud para soportar la tortura y la cárcel, y otras cualidades que todos le reconocían. Tampoco se explica por un estilo de mando incontestado, al frente de una organización que le obedeciera ciegamente, y que se guiara por un conjunto de prácticas de incondicionalidad o dogmas ideológicos. Esta biografía enfatiza, mediante abundantes ejemplos, su capacidad como líder para debatir y demostrar la certeza de sus decisiones, y muy especialmente, para generar fórmulas originales, creativas, que se imponían por su imaginación estratégica, y que lograban confundir al enemigo una y otra vez, al tiempo que levantaban el apoyo y la simpatía de muchos uruguayos que no militaban en la organización. (p. XI)

Esta reflexión de Rafael Hernández es muy importante, porque los líderes revolucionarios tienen que ser hombres de acción, sí, pero también hombres de ideas, sin las cuales no hay estrategias victoriosas.

La figura de Raúl Séndic despertó gran admiración en Cuba en aquellos años, cuando los movimientos guerrilleros se extendieron por varios países de América latina. Séndic y sus compañeros habían logrado, a la altura de 1970, construir una organización formada por dos mil clandestinos en contacto con cinco mil colaboradores, intermediarios de un sustrato logístico de otros treinta mil. Pepe Mujica, uno de los miembros de la dirección tupamara, estaba entonces más bien preocupado porque la masividad de ese éxito político pusiera en entredicho la eficacia militar de una organización que requería la compartimentación y la movilidad combativas como premisas para prevalecer sobre los aparatos represivos de la dictadura.

Prevalecer, desde luego, no consistía para la dirección del MLN (T) en derrotarlos militarmente, sino en forzar “el diálogo, levantar el estado de sitio, y ofrecer garantías seguras de respetar los Derechos del Hombre y la ética preconizada por las Naciones Unidas y el Derecho Internacional para el trato a los presos políticos”. Lo militar estaba, naturalmente, al servicio de lograr objetivos políticos de mayor alcance --no al revés.

Rafael Hernández hace una conclusión teórica al respecto:

Esta historia ilustra en qué medida las campañas militares, los medios y habilidades en el campo de batalla no son lo que explica el éxito o fracaso de las revoluciones, sino los factores políticos y sociales que entran en juego, y que al final se imponen. (p. XII)

Daniel Chavarría también valora los objetivos estratégicos del MLN (T):

“Los tupas sabían que podían perder, y con su derrota morirían las expectativas de una rápida liberación para el pueblo patriota. Pasarían décadas antes de reorganizar un movimiento que generara nuevas esperanzas. Pero el Ejército también temía y por eso su lucha era más tenaz. Les horrorizaba que los tupamaros repitieran en el Cono Sur, el madrugón de la Revolución Cubana”.

Pero los poderes establecidos y sus aliados también habían aprendido la lección cubana. La asesoría de inteligencia y contrainsurgencia norteamericana les proporcionaba, mediante sus agencias especializadas, el adiestramiento que necesitaban la policía y la fuerza armada uruguayas para enfrentar a la subversión de modo sistemático, y científicamente brutal. La historia real de Dan Anthony Mitrione, que da pie a Estado de sitio (1972), la espléndida cinta de Costa-Gavras, es la de un asesor en técnicas de contrainsurgencia, quien bajo la cobertura de la Agencia para el Desarrollo Internacional (AID), ofrece sus servicios en Brasil y luego en Uruguay, hasta que el MLN (T) lo secuestra y pide por él la liberación de 150 presos políticos.

Al elegir con sumo cuidado sus blancos entre oligarcas renombrados e ingenieros de la represión como Mitrione, las acciones de los tupas conllevaban usualmente más que un rescate en dinero o prisioneros, un mensaje a la ciudadanía, que le daba claro sentido político a su lucha.

Séndic y el MLN (T) habían surgido de una acumulación de luchas campesinas por la organización de sindicatos rurales, que enfrentaban a la élite agropecuaria uruguaya, identificada allá como la Gran Rosca. La estructura en columnas de la organización respondía a las actividades y objetivos de un movimiento clandestino, pero su funcionamiento y misiones rebasaban el de una unidad militar. Estas incluían el trabajo político entre los estudiantes, los vecinos de las barriadas y los obreros; así como la atención a los medios de comunicación y los dispositivos legales del sistema. Nunca perdieron su implantación en el campo uruguayo, y desarrollaron una original modalidad de ocupación de tierras, inspirada en las estrategias de la resistencia vietnamita durante la guerra contra los franceses en la batalla de Dien Bien Phu.

El golpe más importante de todos, y que lograra resquebrajar las defensas de relojería que caracterizaban al Movimiento a la altura de 1972, fue la traición de algunos miembros en posiciones clave. Comprados por el gobierno o resentidos ante el liderazgo de Séndic, estos colaboradores del régimen pudieron entregar a los integrantes de la dirección tupamara, a los que la dictadura encerró en cárceles de alta seguridad, pues, según razonaron, su valor estratégico como rehenes era mayor que como mártires o desaparecidos. Su resistencia durante trece años en esa prisión atroz fue la batalla más difícil y desigual que enfrentaron, parte integral de una lucha que continuaría, y en la que, al final, prevalecieron.

En 1985, los tupamaros fueron liberados, y Séndic inició de nuevo su quehacer político, si bien tuvo que atender su boca destruida por un disparo, cuando lo capturaron por una delación de un traidor. Pudo atenderse en Cuba y después de varias operaciones logró hacerse entender, El 28 de abril de 1989, a consecuencia del raro Mal de Charcot (atendido en París) muere Raúl Séndic; y cuando sus restos llegaron a Montevideo, lo siguió una muchedumbre en camiones, ómnibus, autos, motos, bicicletas y carros tirados por caballos.

En el caso de América Latina, la lucha armada ha sido descartada por el momento; La democracia electoral y el pluralismo político, a su vez, han sido aceptados y sobre el mercado libre o abierto existe una cierta flexibilidad. A su vez, se avanza progresivamente hacia una democracia participativa.

Los gobiernos de izquierda buscan como fortalecer el sector público, a través de escasas expropiaciones y de una tributación progresiva, Al mismo tiempo que el gasto social del presupuesto fiscal apuesta a mejorar el buen vivir de la población.

Sin embargo, en ninguno de los procesos revolucionarios actuales (Nicaragua, Venezuela, Ecuador y Bolivia), las medidas son tan radicales como lo fueron durante la revolución cubana o nicaragüense, a mediados y finales del siglo pasado, respectivamente.

Se repite la vieja dialéctica histórica entre los caminos reformistas y revolucionarios.


pág.

1 Daniel Chavarría, Editorial Letras Cubanas, 2015.

2 Miembro Titular de la Academia de Ciencias de Cuba; Profesor Titular del Instituto Superior de Relaciones Internacionales “Raúl Roa García” y Presidente de la Sociedad Científica de Pensamiento Económico y Economía Política de la ANEC.

3 Mario Magalhaes, Fondo Editorial Casa de las Américas, La Habana, Cuba, 2015.
 

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