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Impensar las Ciencias Sociales
Por Ernesto Molina Molina

[01.10.2018]- Actualización  8:00 am de Cuba

El propio autor de este excelente libro, explica su título:

No se trata de repensar las ciencias sociales. Es normal que los eruditos y los científicos repiensen los asuntos. Cuando nuevas evidencias socavan viejas teorías y las predicciones no se cumplen, nos vemos obligados a repensar nuestras premisas (…) Sin embargo, además de repensar —algo que es “normal”—las ciencias sociales del siglo XIX, creo que necesitamos “impensarlas” debido a que muchas de sus suposiciones — engañosas y constrictivas, desde mi punto de vista— están demasiado arraigadas en nuestra mentalidad. Dichas suposiciones, otrora consideradas liberadoras del espíritu, hoy en día son la principal barrera intelectual para analizar con algún fin útil el mundo social.

El aporte central deWallerstein al nuevo modo de abordar las sociedades históricas y que refuta el modo de hacerlo por las escuelas anteriores, es su teoría del sistema mundo.

El elemento central de la teoría del sistema mundo es que existe un conjunto de articulaciones y relaciones que constituyen un sistema histórico identificable que se extiende más allá de las naciones y los Estados.

Según Immanuel Wallerstein, la economía-mundo capitalista es un sistema que incluye una desigualdad jerárquica de distribución basada en la concentración de ciertos tipos de producción (producción relativamente monopolizada, y por lo tanto de alta rentabilidad), en ciertas zonas limitadas, que por eso mismo pasan inmediatamente a ser sedes de la mayor acumulación de capital. Esa concentración permite el reforzamiento de las estructuras estatales, que a su vez buscan garantizar la supervivencia de los monopolios correspondientes. Pero como los monopolios son intrínsecamente frágiles, a lo largo de toda la historia del sistema mundial moderno esos centros de concentración han ido reubicándose en forma constante, discontinua y limitada, pero significativa.

Ese es el moderno sistema mundial, que surge entre 1450 y 1650 y lo más significativo de su desarrollo ha sido el cambio de la dominación política y militar a la económica.

Según Wallerstein el sistema está compuesto por tres elementos: el centro, la periferia y la semiperiferia. El centro ocupa la posición dominante y está integrado por los países económica y políticamente más poderosos. Ellos concentran las actividades económicas más complejas, que son intensivas en capital y requieren una fuerza de trabajo más calificada; tienen una relativa homogeneidad económica, el nivel de acumulación de capital es mayor y generalmente se especializan en la producción de los bienes “más avanzados” del sistema, aun cuando producen “bienes tradicionales” lo hacen con medios tecnológicos complejos.

La periferia, por contraste, aunque demográfica y territorialmente es mayor que el centro, está compuesta por los países más débiles económica y políticamente, produce bienes de carácter primario y depende de los bienes más avanzados del centro.

La relación entre el centro y la periferia es una relación de explotación, por lo que las relaciones económicas entre centro y periferia benefician al centro.

Entre el centro y la periferia existe un grupo de países que ocupan una posición intermedia, en ellos pueden desarrollarse algunas de las actividades económicas complejas. Actualmente algunos de estos países tienen un desarrollo industrial y también producciones primarias, pero carecen del poder y dominio que tienen los países centrales.

Existe además “la arena externa” de una economía – mundo compuesta por aquellos otros sistemas con los cuales mantiene algún tipo de relación comercial, pero que no son parte integrante de ella, esto es lo que diferencia a la periferia de “la arena externa”. Hay además zonas no integradas, pero a fines del siglo XX se puede decir que, salvo alguna comunidad remota de aborígenes, éstas han dejado de existir.

Las posiciones dentro de este sistema no son estáticas, usualmente un Estado domina el centro, pero éste cambia con el desarrollo del sistema. Los Estados pueden cambiar su posición dentro del sistema, así algunos estados pueden pasar de semiperiferia a centro (caso de la situación de Alemania y Japón) o ser desplazado de centro a semiperiferia (caso de España) o de periferia a semiperiferia (caso de Brasil y los llamados tigres asiáticos).

Teóricamente esa posibilidad sigue existiendo, pero con la consolidación del capitalismo monopolista durante el siglo XX, éste se hace verdaderamente universal, y la estructura, se hace más rígida, lo que se muestra por el hecho de que ninguno de los Estados periféricos o semiperiféricos ha pasado ha ser centro. Sin embargo, algunos autores muestran que los Estados que pasaron a ser centros nunca fueron “periferizados”.

Según I. Wallerstein:

El ascenso y la declinación de las grandes potencias ha sido un proceso más o menos del mismo tipo que el ascenso y la declinación de las empresas: los monopolios se mantienen durante algún tiempo y por último son minados por las propias medidas que se toman para sostenerlos. Las “bancarrotas” que siguen han sido mecanismos de limpieza en cuanto del sistema las potencias cuyo dinamismo se ha agotado y las reemplazan por sangre nueva. A lo largo de todo ese proceso, las estructuras básicas del sistema han permanecido sin cambio. Cada monopolio del poder se ha mantenido por algún tiempo pero, igual que los monopolios económicos, fue minado por las mismas medidas que se tomaron para sostenerlo.

Hay una relación, hasta cierto punto, genética, entre la Teoría de la Dependencia y la teoría de la economía-mundo, solo que ésta última incorpora la perspectiva holística de análisis, que exige la multidisciplinariedad. Para Wallerstein la unidad de análisis debe ser el sistema mundial, no un estado, país o sociedad.

En esa proyección él sostiene que no hay límites entre la antropología y la economía, la ciencia política y la sociología.

El libro está estructurado en seis partes con un total de 20 capítulos, bibliografía y un índice analítico.

I. Las ciencias sociales: del génesis a la bifurcación

La primera parte aborda la historia social de la epistemología en cuestión. Intenta catalogar el estudio de las ciencias sociales históricas como una categoría intelectual dentro del desarrollo histórico del sistema mundo moderno. No pretende explicar por qué las ciencias sociales históricas se institucionalizaron como una forma del conocimiento en el siglo XIX, -y sólo en ese siglo-, sino también por qué dieron lugar a una epistemología particular, centrada en lo que, según cree el autor, es una antinomia nomotético-idiográfica falsa.

También pretende explicar en esta primera parte por qué en los últimos 20 años esta epistemología ha empezado a ponerse en tela de juicio, planteándonos los dilemas intelectuales de la actualidad.

II. El concepto de desarrollo

Una vez propuesto el contexto histórico, Wallerstein dirige su atención hacia lo que parece ser el concepto clave y más cuestionable de las ciencias sociales del siglo XIX, el concepto “desarrollo”. No cabe duda que la palabra “desarrollo” se hizo común a partir de 1945, e inicialmente parecía limitarse a explicar los acontecimientos en el “Tercer Mundo” o las zonas periféricas de la economía mundo capitalista.

Pero el autor entiende que la idea de desarrollo es simplemente una fase del concepto de “revolución Industrial” que, a su vez, ha sido eje no solo de gran parte de la historiografía sino de todo tipo de análisis nomotético. Esta idea de desarrollo ha tenido una gran influencia, ha sido muy confusa (precisamente porque, al ser en parte correcta, ha resultado demasiado evidente) y, en consecuencia, ha generado falsas expectativas (tanto a nivel intelectual como político). Y no obstante pocos están dispuestos a impensar este importante concepto.

Una vez que Wallerstein lo expone, todo aparece muy claro: Unas sociedades han prosperado a costa de otras que se han empobrecido; unos sectores sociales han oprimido a otros sectores sociales, el Norte se desarrolló a costa del subdesarrollo del Sur.

III. Los conceptos de tiempo y espacio

A continuación, Wallerstein pasa a analizar lo que denomina Tiempo Espacio. Considera nuestro autor que uno de los logros más notables de la epistemología de las ciencias sociales ha sido eliminar el Tiempo Espacio del análisis, lo que no significa que nunca se haya hablado de la geografía y la cronología. Y sí, se ha tenido presente, pero no propiamente desde las ciencias sociales, sino como constantes físicas y, por lo tanto, variables exógenas más que creaciones sociales fluidas y por ende variables no simplemente endógenas, sino cruciales para comprender la estructura social y la transformación histórica. Incluso en la actualidad raras veces consideramos la multiplicidad de Tiempo Espacios que nos confrontan y por consiguiente poco nos preocupa cuáles usamos o deberíamos usar para descifrar nuestras realidades sociales.

IV. Un regreso a Marx

Tras haber intentado demostrar los límites del concepto de desarrollo que son de vital importancia para los paradigmas o modelos del siglo XIX, y la ausencia en ese contexto de lo que debió ser un concepto clave, el Tiempo Espacio –ambos lógica e íntimamente relacionados- Wallerstein dirige su atención a dos importantes pensadores que podrían ser de utilidad para liberar a los científicos sociales del siglo XXI de las limitaciones de las ciencias sociales del siglo XIX: Marx y Braudel.

Karl Marx fue por supuesto un personaje importante en las ciencias sociales del siglo XIX. Se le ha denominado el último economista clásico. Aportó gran parte de las premisas epistemológicas del mundo intelectual europeo de ese entonces. Cuando Engels dijo que el pensamiento marxista tenía sus raíces en Hegel, Saint Simon y los economistas ingleses clásicos, estaba confesando ser parte de ellos.

Y no obstante Marx afirmó participar en una “crítica de la economía política”, afirmación que hace con base muy seria. Esta afirmación es de quien reseña esta obra; porque el propio Wallerstein no lo afirma en forma tan categórica.

Nadie como Marx supo desentrañar los problemas científicos planteados por los autores “clásicos” y “vulgares”, según la propia denominación o clasificación que hiciera el propio Marx. Si Marx se hubiera limitado a estudiar la historia económica y política de las sociedades precapitalistas y la capitalista, no hubiera podido aprovechar la inteligencia de tantos economistas que lo precedieron, unos, (los clásicos) para identificar las leyes económicas objetivas asociadas a cada sistema social; y otros, (los vulgares) para reflejar los fenómenos superficiales del devenir de esos sistemas sociales: todos ellos sirvieron de campo de investigación al primer científico social que develó la materialidad del comportamiento social; pues hasta ese momento solo se reconocía la materialidad de los fenómenos naturales. Al mismo tiempo, Marx no perdió de vista la historia económica a escala global y geográfica hasta donde pudo hacerlo, porque solo así podía contar con un criterio de comprobación científica de su quehacer científico. No olvidemos que Marx no restringió su concepción a las 5 formaciones económico-sociales que los manuales marxistas posteriores presentaron en forma lineal progresiva: él nos habló del modo asiático y de la sociedad antigua.

Marx fue un pensador que pretendió superar las limitaciones de su época. Pero desafortunadamente, según Wallerstein, sus ideas se han introducido en nuestra disertación común principalmente con el formato creado por el marxismo de los partidos, y que este formato, más que buscar la crítica de la economía política, participó de lleno en la epistemología dominante. En este sentido, a Wallerstein le interesa analizar al otro Marx, al que enfrentaba las perspectivas dominantes del siglo XIX.

Llama mucho la atención cierta coincidencia entre la crítica que Marx hiciera a los “marxistas” del siglo XIX; y la crítica de Wallerstein a los marxistas de los siglos XX y XXI.

V, Un regreso a Braudel

Y aun cuando FernandBraudel es un personaje totalmente distinto a Marx, Wallerstein rescata aquellas ideas fundamentales de aquel historiador que investigaba archivos de donde esperaba formar una historia pensada.. Rara vez hablaba de cuestiones epistemológicas per se, pero tenía un instinto certero que lo conducía al cuestionamiento de verdades historiográficas y, partiendo de ellas (a veces de manera explícita, a veces implícita), derivar nuevas maneras a partir de viejos dilemas. Wallerstein ha investigado a Braudel para ver hasta qué punto nos ayuda a impensar las ciencias sociales del siglo XIX y, en particular, para llegar a comprender el capitalismo a largo plazo que no se base en la premisa de “desarrollo” y la ausencia del Tiempo Espacio.

VI. Análisis de los sistemas-mundo como impensando

Por último, Wallerstein recurre al análisis de los sistemas-mundo como una perspectiva contemporánea del mundo social, una perspectiva que concede gran importancia al estudio del cambio social a largo plazo y a gran escala.

El análisis de los sistemas-mundo pretende ser una crítica a las ciencias sociales del siglo XIX, aunque más bien es una crítica incompleta, porque no ha logrado encontrar la forma de corregir el más resistente (y confuso) legado de las ciencias sociales del siglo XIX –la división del análisis social en tres áreas, tres lógicas, tres “niveles”: el económico, el político y el sociocultural.

Ésta tríada se encuentra, según Wallerstein, en medio del camino obstaculizando el progreso intelectual de los científicos sociales, para acceder a un enfoque holístico, abarcador, que permita reconstruir las ciencias sociales históricas de forma interdisciplinaria.

 

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