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El Humanismo Etnográfico, Ocho Lecciones sobre la Historia de la Antropología y el Debate sobre Cultura Popular
Por Ernesto Molina Molina

[01.05.2018]- Actualización  8:00 am de Cuba

Con 267 páginas, esta obra se compone de un prefacio, tres partes, la bibliografía y el índice onomástico. La autora de este libro, Silvia Mancini, es antropóloga cultural. Obtuvo su doctorado en la temática de antropología cultural y de historia comparada de las religiones. Durante diez años fue profesora de Antropología social y cultural en la Universidad de Bordeaux (Francia). Es actualmente profesora titular de Historia comparada de las religiones en la Universidad de Lausana, donde enseña Epistemología e Historiografía de las Ciencias de las religiones, así como Tradiciones religiosas marginalizadas y transversales.

Actualmente trabaja sobre los problemas metodológicos y teóricos vinculados a los estudios de algunas producciones simbólicas, tanto populares como cultas, en México y en Cuba. Numerosas publicaciones constituyen un rico currículo de nuestra científica italiana.

En el prefacio la autora, en síntesis, hace una breve explicación de los orígenes de este libro, a partir de un curso que impartió en el Instituto Juan Marinello; en donde pudo explicar los principales conceptos y problemáticas de la antropología y de los estudios sobre cultura popular; haciendo énfasis en los saberes relativos a las diferencias culturales. Siguiendo una trayectoria que va de Heródoto a Stuart Hall, la profesora Silvia Mancini propone en este libro además un adecuado marco de discusión en torno a los problemas epistemológicos y metodológicos de las Ciencias Sociales en general.

La Primera Parte del libro está destinada a ofrecer algunas indicaciones conceptuales y definiciones útiles en la familiarización con el lenguaje de las ciencias antropológicas.

La Segunda Parte presenta las limitaciones de aquellos primeros estudios que se realizaron en Europa desde la Antigüedad sobre las culturas “otras”, y que cristalizaron en el siglo XIX con la institucionalización de ese saber empírico y positivo sobre el hombre en sociedad que tomó el nombre de Antropología social y cultural. Precisamente, en esta Parte Segunda se pasa revista a las diferentes corrientes de la Antropología, ubicadas en sus contextos nacionales específicos, y a algunos de sus debates internos. La función de estas dos primeras partes, según la autora, cumplen el objetivo de crear las premisas cognoscitivas para abordar el objeto de estudio de la tercera parte.

La Tercera Parte (la más importante como aporte al debate contemporáneo acerca de los problemas globales que vive el mundo) está dedicada al reflejo en distintas religiones acerca del tema del fin del mundo en contextos tan diversos como los delirios psicopatológicos descritos por la Psiquiatría, los textos del cristianismo de los orígenes, el marxismo, los movimientos mesiánicos y milenaristas de emancipación del Tercer Mundo, ciertas obras emanadas de la literatura y el arte europeos del siglo XX. Explora el imaginario apocalíptico engendrado por situaciones de cambio histórico y existencial radicales. La autora se vale de los estudios realizados por el etnólogo e historiador de las religiones italiano Ernesto de Martino, quien fue el iniciador de estos estudios que ahora la autora refiere en esta tercera parte.

Según Ernesto de Martino, como bien muestra la rica documentación histórica y etnológica, el declive de cualquier antiguo orden del mundo y el advenimiento de un nuevo orden favorecen a nivel simbólico, en el interior de las culturas humanas, la emergencia de una imaginería enraizada en la llegada de un apocalipsis inminente. Ello puede acompañarse a veces de la idea de la próxima instauración de un orden inédito, cargado de expectativas, catalizador de esperanzas de renovación; otras por una visión en la cual la catástrofe no precederá a la instauración de un mundo mejor.

El fin de un mundo se percibe entonces como el fin del mundo a secas, y no conoce en ese caso ni de alternativas, ni de soluciones, porque ningún otro horizonte de sentido, ningún otro mundo vendrá a reemplazar el antiguo. En los años 60 del siglo pasado, esos diversos imaginarios se afirmaron en la producción de numerosos intelectuales y artistas europeos tras la experiencia de la Segunda Guerra Mundial.

En ese contexto favorable a las filosofías de la crisis, en una época en que la guerra fría dominaba las relaciones internacionales y amenazaba a la humanidad una nueva catástrofe atómica, y en la cual el avivamiento de las luchas anticoloniales en Asia y en África anunciaban el declive de los antiguos imperios, numerosos sucesos vendrían a alimentar esa experiencia del fin inminente. Precisamente en ese contexto, De Martino experimenta la necesidad de interrogar el estatus ético-político de la Etnología y la Antropología.

Su obra, “La fine del mondo. Saggio sulle apocalissi culturali”, aparecido en 1977, pone en cuestiónamiento el papel de las ciencias histórico-sociales en una coyuntura dominada por dramáticas alternativas, aquellas de las cuales el investigador no sabría librarse, y se interroga sobre la capacidad que tienen esos dos saberes para ofrecerle al hombre contemporáneo herramientas que le faciliten la elección del campo donde situarse, asumiendo las responsabilidades históricas que le incumben.

La respuesta dada por De Martino a este cuestionamiento es clara: las “Nuevas” ciencias del hombre (Antropología, Etnología, Historia del folclor, Historia de las religiones, etc.) en la medida que proponen una nueva forma de humanismo —el humanismo etnográfico justamente— tenían un papel que desempeñar en la profunda crisis que atravesaba Europa.

La autora presenta a Ernesto de Martino como un Intelectual comprometido de la izquierda italiana, para quien la Antropología y la Etnología son susceptibles de aportar un nuevo aliento al saber contemporáneo, si, en lugar de limitarse a presentar un “frígido desfile de diversos modelos de cultura” conducido arrogantemente por ese apátrida que es el etnólogo, le reenviaran a sus responsabilidades ético-políticas, conminándolo a someter a una crítica sin piedad tanto a sus instrumentos de análisis, como al punto de partida de sus discursos.

La confrontación con la diversidad cultural, en efecto, para el historiador italiano, no parte de la vocación de cultivarse a sí misma, sino que ofrece, en cambio, la ocasión para llevar a cabo un radical examen de conciencia del saber occidental u occidentalizado, así como de las condiciones asimétricas de producción de este. A diferencia del humanismo filológico y clasicista, habiéndose nutrido exclusivamente en el seno de la historia cultural europea (en el ámbito de la Filosofía, la Psicología, la Historia literaria y estética, la Filología, etc., marcadas por la influencia de la tradición grecorromana primero, cristiana, racionalista y científica después), el humanismo etnográfico que se afirma entre el fin del siglo XIX y el siglo XX por las vías de la Antropología, la Etnología, la Historia de las religiones, el estudio de las tradiciones populares, etc., debe edificarse sobre bases nuevas, e ir más lejos.

A través de la confrontación metódica con las formas de diversidad social y cultural más radicales en relación con las instituciones y valores familiares al hombre europeo, las nuevas ciencias de la cultura y de la sociedad exponen al antropólogo al “ultraje” de una diferencia chocante y problemática. Para el antropólogo, esta diversidad, más radical todavía que aquella a la cual lo han habituado las civilizaciones antiguas del Mediterráneo, cuestiona sus memorias más queridas, obligándolo a un descentramiento frecuentemente difícil. Aquel que no tolere semejante “ultraje”, afirma De Martino, encontrará mejores beneficios cultivando los dominios de la Filosofía, de la Historia literaria y moral, de la Psicología, en tanto saberes dependientes del humanismo clasicista y filológico, aquellos reflejan exclusivamente la historia cultural europea.

Por su parte, el humanismo etnográfico se expone de manera liberada a ese “ultraje”, al tiempo que exige de sus cultivadores otra postura. Así que, en lugar de postular, como fue el caso del humanismo clasicista, la existencia de valores, de criterios, de instituciones supuestamente dotadas de un fundamento único y universal, este procederá desde la constatación histórico-empírica de la diversidad humana. De hecho, para el humanismo etnográfico, la unidad de lo humano es, más que un dato inicial, una tarea histórica en movimiento; una tarea que implica además un permanente trabajo intelectual y político de traducción, de mediación, de diferenciaciones y de inclusiones.

En esta tercera parte, llama mucho la atención el énfasis que se pone en los aportes de Antonio Gramsci al tema, como puede apreciarse en varios epígrafes:

El enfoque gramsciano en el estudio del folclor.
El vínculo de la “solidaridad” entre fenómenos sociales y culturales. Naturaleza de ese vínculo
El concepto de “pueblo”. sus distintas acepciones.
La influencia de Antonio Gramsci en el estudio de las dinámicas conflictivas interna y externa a Europa
Luchas populares como luchas anticoloniales
Gramsci y el problema de la cultura popular como problema político
Las “notas sobre el folclor” de Gramsci y el debate italiano sobre cultura popular
La influencia de Gramsci en los Cultural Studies ingleses
A ningún autor es justo señalarle como ausencia o limitación no haber tenido en cuenta a algún autor importante, ya para estar de acuerdo o para refutarlo, en el asunto abordado. Por otra parte, la autora identifica a importantes autores que reseña a lo largo del contenido del libro y que aparecen en la amplia bibliografía al final del texto, entre ellos, vale la pena mencionar a algunos pocos:

En primer lugar, por supuesto a Ernesto de Martino y a la propia autora, dado que el elemento creativo de esta obra parte de ellos dos.

Pero aparecen también Althusser, Balibar, Bachofen, Bloch, Boas, Cayo Julio César, (Guerra de las Galias), Descartes, Umberto Eco, Godelier, Gramsci, Herodoto, Huntington, Kuhn, Lakatos, Lévi-Strauss, Lukács, Morgan, el cubano Fernando Ortiz, Propp, Saussure; y otros importantes autores que harían la lista muy larga.

Sin embargo, y es un hecho curioso, no cita a Enrique Dussell, ni a los clásicos marxistas por antonomasia: Carlos Marx y Federico Engels. El primero inició apenas un trabajo que Engels continuó después de la muerte de Marx y culminó: El Origen de la Familia, la propiedad privada y el Estado.

Al final de su vida, Marx incorporó mucho de la visión no eurocentrista que muy correctamente la autora defiende a lo largo del libro. Y Enrique Dussel ha desarrollado una amplia obra en la que pone énfasis en la obra de los clásicos marxistas, con un sentido antropológico, a partir de las regiones periféricas, “los otros”.

Este libro nos reafirma la idea de que lo científico en las ciencias sociales no está reñido con la polémica, todo lo contrario; el debate a lo interno de la teoría revolucionaria, contribuye a su propio desarrollo. Como regla, la verdad está escondida en el seno de las apariencias, de lo cotidiano: y las ciencias sociales son diversas, pero la sociedad también lo es a escala global; y por tanto, es imprescindible acudir a cada ciencia en particular con criterio interdisciplinario, sobre todo para investigar las realidades “otras” que se intentan explicar con instrumentos diseñados para otras realidades. Este es un mérito especial de esta obra.

 

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