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El capitalismo de estado y el socialismo en la República Popular China
Por Ernesto Molina Molina

[01.04.2020]- Actualización 8:30 pm de Cuba

Introducción


El desarrollo económico de China es un éxito impresionante. ¿Es acaso un resultado de que China eligió el camino capitalista de desarrollo? Esto es lo que Occidente, con sus ideólogos, repiten constantemente; e incluso, algunos autores de “izquierda” lo afirman también; solo porque el modelo de desarrollo chino utiliza las “armas melladas” del capitalismo. Es sabido que Lenin llamó al capitalismo de Estado como antesala del socialismo.
Por eso, un Estado legítimo representante de su pueblo, en estrecha relación con el empresariado y los sindicatos obreros, puede elevar la capacidad de regulación y conciliación de intereses para defender un nivel de salario medio acorde con el incremento de la productividad que genera el aparato productivo nacional; y al mismo tiempo puede regular el grado de diferenciación que expresa ese salario medio y su correlación con aquellos ingresos que no provienen del trabajo.

Pero esto no sucede con todo capitalismo de Estado. Pueden distinguirse dos tipos de capitalismo de Estado: el que se pone al servicio del capital y el que se pone al servicio también de los trabajadores.

Al parecer, este es el capitalismo de Estado que funciona en China, aunque ellos prefieren llamarse socialismo de mercado:

No obstante, hay una serie de fenómenos evidentes que abogan a favor de reconocer a China como un ejemplo de capitalismo de Estado que se pone en buena medida al servicio del capital:

la cantidad cada vez más importante de personas multimillonarias, el consumismo de amplios sectores de la población, la introducción de muchos mecanismos de mercado después de 1978, la implantación de casi todas las grandes empresas occidentales que por medio de salarios muy bajos tratan de convertir al país en una gran plataforma capitalista,la presencia de los mayores bancos capitalistas en suelo chino y la omnipresencia de empresas privadas en los mercados internacionales.

De otra parte, el sistema político-económico de China como «socialismo de mercado o con mercado», se basa en diez pilares, muy ajenos al capitalismo:

La perennidad de una planificación fuerte y modernizada, que ya no es el sistema rígido y extremadamente centralizado de los primeros tiempos.
Una forma de democracia política, claramente perfectible, pero que hace posible las opciones colectivas que están en la base de dicha planificación.

La existencia de unos servicios públicos muy amplios que en su mayor parte siguen estando al margen del mercado.

Una propiedad de la tierra y de los recursos naturales que siguen siendo de dominio público.

Unas formas diversificadas de propiedad, adecuadas a la socialización de las fuerzas productivas: empresas públicas, pequeña propiedad privada individual o propiedad socializada. Durante una larga transición socialista se mantiene, incluso se fomenta, la propiedad capitalista a fin de dinamizar el conjunto de la actividad económica y de incitar a las demás formas de propiedades a ser eficaces.

Una política general que consiste en aumentar relativamente más rápidamente las remuneraciones del trabajo respecto a otras fuentes de ingresos.

La voluntad declarada de justicia social promovida por los poderes públicos, según una perspectiva igualitaria frente a una tendencia de varias décadas al empeoramiento de las desigualdades sociales.
Se da prioridad a preservar el medioambiente.

Una concepción de las relaciones económicas entre los Estados basadas en el principio de que todos ganan.

Unas relaciones políticas entre Estados basadas en la búsqueda sistemática de la paz y de unas relaciones más equilibradas entre los pueblos.

Las empresas estatales desempeñan un papel estratégico en el conjunto de la economía. Operan de un modo que no va en detrimento de las muchas pequeñas empresas privadas ni del tejido industrial nacional. Sus objetivos se orientan a las inversiones productivas y pueden proporcionar fácilmente servicios baratos tanto a otras empresas como a proyectos colectivos. Dentro de estas empresas el propio Estado puede determinar qué gestión sería la más adecuada.

En todo caso, el papel que desempeñan las empresas estatales es una de las explicaciones esenciales de los buenos resultados de la economía china. Y también desempeñan su papel en ámbito social. Las empresas estatales pueden remunerar mejor a sus empleados y ofrecerles una cobertura de seguridad social mejor. En este sector es más posible salvar la brecha entre ricos y pobres.

El proyecto de una economía es «el verdadero espacio donde una nación elige un destino común y el medio para que un pueblo soberano se convierta en su dueño». Según Rémy Herrera y Zhiming Long, en el caso de China se trata de una «planificación» fuerte cuyas técnicas se han suavizado, modernizado y adaptado a las exigencias del presente. En la antigua «planificación excesivamente centralizada» una empresa debía aceptar los productos a pesar del coste real al que se habían fabricado (restricciones financieras débiles).

Este mecanismo limitaba enormemente las posibilidades de iniciativa de las empresas, así como la propia eficacia del sector productivo en su conjunto. La calidad y el costo se consideraban problemas «administrativos» o «tecnocráticos» y perdían su posibilidad de estimular la economía. Los imperativos y limitaciones de la producción se manifestaron en una recurrencia de las crisis de disponibilidad de los recursos materiales.

Por consiguiente, desde finales de la década de 1990 interviene una planificación más flexible, monetarizada y descentralizada. Esta nueva planificación seguía estando bajo la dirección de una autoridad central macroeconómica. Se dio a las empresas más autonomía para gestionar las divisas y comprar mercancías. Esta flexibilización llenó varias lagunas de la antigua planificación y llevó a un desarrollo económico más intensivo y respetuoso con el medio ambiente.

En la China actual los equilibrios de clase son complejos. Por una parte, está el Partido Comunista que se apoya sobre todo en las clases medias y en los empresarios privados, dos grupos a los que en las últimas décadas les ha interesado fomentar una economía con un alto crecimiento. Por otro, las masas obreras y campesinas, que siguen creyendo en la posibilidad de constituirse como sujetos de su historia y que siguen proyectando sus esperanzas en un futuro socialista.

Cuando se cumplen 40 años de la política de “apertura y reforma”, los resultados no pueden ser más espectaculares. Entre 2001 —año en que se adhirió a la Organización Mundial de Comercio (OMC)— y 2017, su PIB se multiplicó por nueve, para pasar de 1,34 billones de dólares a 12,2 billones de dólares; su porcentaje de la economía mundial se ha quintuplicado del cuatro por cien al 19,74 por cien; y su renta per cápita aumentó ocho veces (de 1.053 dólares a 8.826 dólares). En 2009 superó a Alemania como mayor potencia exportadora y, en 2013, a Estados Unidos como mayor potencia comercial. Su producción industrial, equivalente en el año 2000 a la cuarta parte de la de Estados Unidos, superó en 2017 la de Estados Unidos y Japón juntos. Entre 2012 y 2016, China supuso el 34% del crecimiento global. Informes recientes estiman que, hacia 2030, la economía china será dos veces mayor que la de Estados Unidos. Más allá de sus crecientes capacidades, China, según señaló el presidente Xi Jinping a finales de 2014, ha decidido emprender una “nueva fase de apertura al mundo”, en la que dejará de tener un papel pasivo con respecto a la gobernanza económica global. No se trataban de meras palabras: a través de una serie de iniciativas anunciadas desde el año anterior —como la Nueva Ruta de la Seda (oficialmente la “Belt and Road Initiative”, BRI), el Banco Asiático de Inversiones en Infraestructuras (AIIB en sus siglas en inglés), o el Área de Libre Comercio del Asia-Pacífico (FTAAP)—, Pekín revelaba su intención de participar de manera proactiva en la formulación de las reglas globales y —sin oponerse a las instituciones existentes— crear otras nuevas bajo su liderazgo. El ascenso de China no sólo es relevante, por tanto, como factor de una redistribución de poder que está transformando la jerarquía de las grandes potencias, sino como causa también de un proceso de cambio de los principios y valores normativos del orden global.

Es ésta una transición que se ha acelerado desde la llegada de Donald J. Trump a la presidencia de Estados Unidos en 2016. Mientras en distintos países occidentales se extiende la hostilidad hacia la globalización y las instituciones multilaterales, percibidas en ocasiones como amenazas a la soberanía y la identidad nacional, China se convierte en abanderada de ambas. Mientras Washington abandona su tradicional papel de liderazgo, Pekín se muestra dispuesto a ocupar ese vacío y a aprovechar, al mismo tiempo, la oportunidad estratégica que se le abre para afianzar sus preferencias económicas y políticas. Frente al nacionalismo económico de Trump, Xi ofrece nuevas formas de colaboración al mundo emergente.
¿Cómo puede explicarse este cambio de China frente a su bajo perfil internacional anterior? ¿Qué agenda persigue con respecto a la gobernanza global? ¿Cómo intenta hacerla realidad? ¿Cuáles son sus implicaciones? ¿Puede consolidarse un orden económico global dominado por China?

Ahora la cuestión es saber si el partido logrará perpetuar sus éxitos sin desequilibrar la relación de fuerzas a beneficio de las personas trabajadoras y campesinas. Si el partido toma el camino del capitalismo corre peligro de trastornar este frágil equilibrio. Eso podría provocar grandes confrontaciones políticas e incluso provocar a una pérdida de control de las oposiciones sobre las que reposa el sistema, lo que supondría un fracaso en lo que concierne a las estrategias de desarrollo a largo plazo.

Todo parece indicar que China sigue siendo un país en vías de desarrollo y que precisamente por ello este proceso será largo, difícil, lleno de contradicciones y de riesgos.

Conclusión

Hay algo, sin embargo, que distingue el Modelo de desarrollo socialista con características chinas del Modelo de desarrollo capitalista:
Como regla, el capital utiliza la tecnología y la ciencia para dividir a los países del Sur entre sí: solo transfiere sus tecnologías en los eslabones en que el Norte domina la cadena productiva global y puede seguir dominando al Sur; para ello estimula la competencia en el seno del Sur para mantenerlos divididos y débiles frente al Norte.

En cambio, la Ruta de la Seda tiende a unir a los países del Sur por donde quiera que pasa, con sus infraestructuras, redes de ferrocarriles o de puertos, sus zonas especiales de desarrollo y parques tecnológicos, con un enfoque más bien pacífico y de desarrollo económico y social.

De cualquier manera, solo los hechos prácticos podrán corroborar hasta qué punto la colaboración china se basa en ventajas compartidas o en ventajas competitivas; y ello depende también de las políticas que asuman las contrapartes al servicio de sus pueblos.
 

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